Contra la auto-indulgencia

Es cierto que en el sistema en que hemos crecido, muchas veces hemos visto como se ha tratado sistemáticamente al ser humano como un simple medio cuyo propósito esencial es cumplir los fines de otro. En ese orden jerárquico retorcido, el hombre ha dejado de ser un fin en sí mismo, y el poder, el “éxito”, el estatus y el dinero han pasado a ser los objetivos sagrados. Esto claramente es un error categórico. El ser humano no debería convertirse en un “hacer humano”.

No obstante, a veces la salida que se propone ante un error categórico no necesariamente es la idónea. La historia puede ofrecer cientos de ejemplos en los que se intentó corregir un error categórico con otro de su misma clase. Es por eso que en este post me propongo cuestionar aquella noción que, equivocadamente, asume que la respuesta idónea a la productividad extrema e insensata es el tratarse a sí mismo con excesiva indulgencia.

En el último tiempo y debido a la crisis de salud pública que, a nivel mundial, conllevó al aislamiento social, millones de personas ha tenido que, forzosamente, pasar tiempo en su casa. Y es a partir de esta suspensión de una vida acelerada, que se han venido difundiendo diversos mensajes vinculados a la idea de que, al no ser máquinas destinadas a producir todo el tiempo, este es un tiempo para tratarse a sí mismo con mucha indulgencia.

No obstante, si bien la idea de que no somos máquinas es correcta, habría que considerar la idea de la auto-indulgencia como otro error categórico y, de paso, cuestionar esa noción moderna de “relajo”, que muchas veces no es otra cosa que la racionalización de la adicción que muchas personas tienen a apretar botones en su teléfono móvil, pasando de una red social a otra sin control. El “relajo” de esa clase de actividades realizadas de forma compulsiva no es tal, sino un eufemismo bonito destinado a cubrir un vicio.

Relajarse no tiene que convertirse en sinónimo de inactividad u holgazanería. El relajo es necesario y el ser humano lo necesita todos los días. Sin embargo, la necesidad de que dicho estado sea perpetuo es tan razonable como la idea de comer todo el día y sin parar, bajo la justificación de que se necesita comer. El descanso y el trabajo profundo son buenos amigos y son ambos necesarios y gratificantes. Diversas investigaciones sugieren que, contrariamente a lo que se cree, un descanso profundo implica desconexión.

Casi todo vuelve a funcionar de nuevo si se desconecta durante unos minutos, incluido tú.”

– Anne Lamott.

Si bien es esencial el darse cuenta que cada momento es valioso, habría que considerar que la noción de culparse a uno mismo por no producir nada o por desperdiciar el tiempo no resulta beneficiosa en sí misma, salvo que produzca el cambio deseado. Es una paradoja perder el tiempo culpándose a uno mismo por haber perdido el tiempo. Y sin embargo, ahí estamos cayendo constantemente en eso. Mejor es dejar el pasado en el pasado y decir, como Benjamin Franklin al inicio de cada día: “¿qué cosa buena puedo hacer hoy?”. Y si tres cuartos de un día ya se fueron, habrá que refrasear y decir “¿qué cosa buena puedo hacer en este momento?”. Quizás no sea tarde.

Pero la salida de la auto-indulgencia que conlleva a decir “como no soy una máquina, voy por el día relajado, reaccionando a lo que me provoque” constituye muchas veces una forma de auto-engaño barato. Lejos está la libertad de esa actitud caprichosa e infantil. Porque si bien no hemos nacido para ser tratados como simples máquinas, existe en el ser humano, además de su valor intrínseco, una especie de alegría que solo proviene del trabajo bien hecho. Del crear, de aprender y de avanzar. Y muchas veces la gratificación que llega al final es proporcional al sacrificio y al esfuerzo que hubo que ponerle.

Internet no necesariamente tiene que ser el refugio de la adicción a la distracción, sino que también se presenta como oportunidad: es un espacio en el que, si se quiere, se conseguirán cursos y tutoriales valiosos. Por ejemplo: si se quiere aprender algo sobre  ética y justicia, Harvard ofrece gratuitamente el curso completo de “Justicia”, cuyo profesor es Michael Sandel, uno de los mejores filósofos del mundo. Aprender cuesta, pero su impacto positivo genera una gratificación mucho mayor que la que proporciona el “like” que le acaban de poner a nuestra última foto.

En resumen, el no ser una máquina, no quiere decir que la holgazanería o el pasarse horas en un túnel de estímulos digitales sea el fin último del ser humano. Habrá un tiempo para disfrutar el no hacer nada. Pero hay una opción mucho más seductora que la auto-indulgencia: Aprender algo nuevo. Concentrarse en una actividad que lo valga. Crear algo con las manos: un mueble, un pastel, un arpegio. Y dejar de creer que uno tiene que ser el niño mimado de uno mismo.

 

Mis podcasts preferidos

Mi forma de acceder a ideas inspiradoras de diversas personas, no solo se da únicamente a través de artículos, libros o entrevistas realizadas por medios de comunicación gigantes. En este tiempo, una de los medios más difundidos para acceder a tal clase de ideas son los podcasts. El formato de los podcasts que escucho son conversaciones flexibles entre la persona que conduce el podcast y un entrevistado o entrevistada interesante que, por lo general, es especialista en un tema y suele haber publicado algún disco o libro sobre el cual se centra la conversación. Lo genial de los podcasts es que se suben fácilmente a internet, son gratuitos y están disponibles no solo en la página web de quien los conduce, sino también en Youtube, Spotify, Apple Music, etc.

Existen infinidad de podcasts y muchas veces un buen escritor va a conversar a varios de ellos, haciendo entrevistas similares. No obstante, mi preferencia por algunos podcasts  sobre otros está en quien los conduce: la inteligencia y la forma natural en que permite que surja la conversación terminan marcando la diferencia. Son personas que no solo hacen comentarios profundos e inteligentes, sino que saben escuchar. Advirtiendo previamente que todos los podcasts que escucho están en inglés, los comparto:

  • The Rich Roll Podcast. Conducido por el atleta vegano Rich Roll, es uno de los podcasts más escuchados y descargados del mundo. Es mi preferido también. Rich Roll es un tipo honesto e inteligente y, sobre todo, sabe escuchar. No me interesa escuchar a todos sus invitados, porque su rango de temas es bastante amplio, pero cuando he escuchado a alguien que me interesó nunca me decepcionó.

https://www.richroll.com/category/podcast/

  • The Art of Manliness Podcast. Brett McKay y su esposa Kate escriben juntos los buenos artículos de “The Art of Manliness”. El podcast lo maneja Brett, gran conversador y un tipo curioso, inteligente y abierto a las ideas que presentan sus invitados, sin necesariamente coincidir con ellas.

Podcast

  • The Bulletproof Musician Podcast. Este podcast lo recomiendo a músicos. Noa Kageyama es un músico profesional, además de psicólogo. En su página web suele revisar artículos científicos sobre psicología y los aplica en el contexto de la mejora de la práctica y el desempeño musical. En su podcast entrevista a músicos prolíficos, ahondado no solo en la preparación musical, sino también poniendo énfasis en la cuestión mental. Muy interesante.

The Blog

  • Building a Storybrand with Donald Miller. Este podcast lo recomiendo a emprendedores. No suelo escucharlo mucho, salvo cuando me llama la atención un tema en particular. Donald Miller, que ha escrito algunos libros auto-biográficos y otros sobre marketing, es un buen conversador y centra su misión en ayudar a emprendedores a compartir un mensaje más claro y directo, utilizando el “story-telling” como herramiento principal.

Blog

Evidentemente, cuando uno tiene prioridades no siempre se tiene el tiempo de escucharlos. Pero cuando hay algún tiempo libre y me provoca escuchar algo interesante, busco algún episodio que me interese de algunos de estos podcasts y le presto mi atención.

De pesas y filosofía

adult-athlete-barbell-body-685530Imagen de uso libre 

Poner en práctica determinada filosofía es como levantar pesas: si bien es casi indispensable contar con la ayuda de un guía, la única forma de hacer crecer el músculo, sea éste moral o físico, será tomando acción. Si uno se dispone a leer treinta y cinco tomos sobre las diferentes técnicas de ejercicios con pesas y no levanta un solo kilo, ese conocimiento no servirá en absoluto ni para fortalecer el músculo ni para considerarse a uno mismo un deportista.

Existen diversas personas reconocidas en el campo académico que, pese a las maestrías y los doctorados en ética, no solo no encarnan aquello que dicen creer, sino que llegan a contradecir con sus actos aquel vasto conocimiento teórico que poseen. Y, por el contrario, paradojas de la vida, el mundo también goza de personas de condiciones  muy humildes que, sin haber conocido nada cercano a una educación grandiosa, pueden dar lecciones prácticas sobre justicia, ética, dignidad y otras virtudes.

No me considero autoridad moral para juzgar a nadie, porque como cualquier humano he caído por debajo de mis propios estándares. Pero también soy consciente que cada momento se desenvuelve como una posibilidad de elegir bien. En ese sentido, tomo una frase del gran filósofo/emperador Marco Aurelio, no para memorizarla y recitarla, sino para aplicarla en la práctica, que es donde importa:

“No te disgustes, ni desfallezcas ni te muestres impaciente si tus acciones no se ajustan a tus rectos principios. Una vez que hayas superado ese contratiempo inicial, inténtalo de nuevo con renovadas fuerzas y date por satisfecho si tus actos y tus objetivos se han vuelto más humanos”.

Marco Aurelio

Una acción es más grande que veinte tomos de abstracciones. Con ello no estoy diciendo que la teoría no importe, sino únicamente que la teoría sin práctica no sirve para mucho. La teoría puede ayudar mucho, pero pensar que uno va a hacer crecer los músculos con solo leer libros sobre pesas y ver vídeos en Youtube es ridículo. Del mismo modo, pensar que uno va a encarnar la virtud con solo leer libros de filosofía es igual de absurdo.

Soichiro Honda, ingeniero japonés y fundador de Honda Motors, lo puso de una forma muy clara: “la acción sin filosofía es un arma letal, la filosofía sin acción está muerta“. La palabra clave es acción. Si no se pudo ayer, hoy. Si no se pudo hace un rato, en este momento. No tiene que ser grandiosa. Una pequeña acción. Una pequeña victoria.

PD: los futboleros me entenderán cuando digo que dudo mucho que Riquelme haya aprendido a jugar al fútbol leyendo libros sobre dicho deporte.

La felicidad según López-Aranguren

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Hoy estuve leyendo un blog que me gusta mucho y me tope con una observación lúcida de Jose Luis López-Aranguren Jiménez, filósofo español del siglo XX, sobre la felicidad. La comparto con ustedes:

“En todos los tiempos, en todas las culturas ha sido constante el anhelo del ser humano por alcanzar la felicidad. Todos aspiramos a la felicidad y la buscamos de mil maneras. ¿Lograremos encontrarla? Buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas, y el consumismo es la forma actual del bien máximo. Pero la figura del “consumidor satisfecho” es ilusoria: el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable y, por tanto, no feliz. Podemos buscar la felicidad en el triunfo, en la fama, en los honores. Pero ¿no es todo eso sino pura vanidad, en definitiva nada o casi nada? Otro modo de búsqueda de la felicidad es la autocomplacencia: así, el goce del propio placer, el deseo de perfección o la práctica de la virtud. Aspiramos a la felicidad, pero aspirar no es lo mismo que “buscar” y, todavía menos, que “conquistar”, ni fuera ni dentro de nosotros mismos. La felicidad es un don, el don de la paz interior, espiritual, de la conciliación o reconciliación con todo y con todos y, para empezar y terminar, con nosotros mismos. Para recibir el don de la felicidad el talante más adecuado es, pues, el desprendimiento: no estar prendido a nada, desprenderse de todo. La felicidad, como el pájaro libre, no está nunca en mano, sino siempre volando. Pero tal vez, con suerte y quietud por nuestra parte, se pose, por unos instantes, sobre nuestra cabeza”.

 

Del experimentar y su trascendental motivo

Hoy empezaré un nuevo experimento. Quiero aprender más sobre Instagram como plataforma para posicionar marcas, así que me inscribí en un curso virtual sencillo. La razón por la que quiero aprender estrategias sobre el uso de una plataforma como Instagram es para usarla menos. Esto es aparentemente contradictorio, pero felizmente solo lo es en apariencia.

Como músico, considero que Instagram es un espacio digital que ofrece oportunidades importantes para mostrar el trabajo que uno hace y conectar (al menos hasta cierto punto) con personas. Sin embargo, también es importante reconocer que esta clase de redes utilizan mecanismos destinados a generar adicción. A veces, pese a que estoy al tanto de ello, puedo pasarme horas en un scrolling hipnótico.

Es por eso que mis lecciones sobre Instagram las voy a tomar como un aprendiz de carpintería tomaría sus lecciones con una herramienta específica que lo ayuda a trabajar con la madera. Evidentemente, un aprendiz de carpintería no llevaría su sierra eléctrica a todas partes. Del mismo modo, al conocer y utilizar estratégicamente una herramienta digital que apoye la difusión de mi trabajo como músico, no tiene sentido dejar que invada todo lo demás, sino únicamente aprovechar sus beneficios dándole un espacio y un tiempo determinado.

Este experimento me va a costar. No me es fácil abandonar la imagen que tengo de mí mismo como alguien que ha llegado a sentir desdén por una plataforma que muchas veces parece abrazar la exaltación de la superficialidad. Voy a tomar lo mejor que me ofrece el curso y diseñar la mejor estrategia para utilizar la plataforma sin traicionar mis valores y mi integridad.

La autenticidad no es una cualidad del alma empozada, sino que es inherentemente evolutiva. El mejor regalo de Dios no es haberte hecho fijo y cerrado, sino haberte creado con la capacidad de crearte. Hay cosas que no cambian, evidentemente. Y es bueno tener una brújula moral. Por lo demás, eso de “ser tú mismo” en campos en los que no tienes experiencia siempre estará sobrevalorado.

En mi opinión, una mejor idea será crearte y auto-esculpirte a través del aprendizaje y convertirte en la versión de ti que ahora domina una habilidad que antes no tenía, en lugar de quedarse diciendo perpetuamente “es que esa no soy yo”. Esto apunta hacia algo mayor: convertir la vida en una obra de arte. Jugar con diversas versiones de uno mismo. Intentar mejorar cada día. Y recordar siempre que hay que partir desde la aceptación y el amor propio e incondicional. Así no haremos las cosas por pura necesidad de validación, sino por el fuego interior que nos hará convertir nuestra vida en una auténtica obra.

Cantar en el Vaivén

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Hoy se estrenó en todas las plataformas digitales “Cantar en el Vaivén”, mi nuevo tema. Estoy agradecido por todo: desde el haberla creado como jugando, hasta editarla y grabarla. Tremendos músicos y artistas que me acompañaron.

Creo que es una canción propicia para este tiempo. Comparto con ustedes la letra y el enlace de Youtube.

CANTAR EN EL VAIVÉN

Puedo ser

Reflejo del azul marcado en la piel

Cantar una canción cuando no vaya bien

Morir y luego ponerme de pie

Emprender

Un vuelo en el que no haya un destino cruel

Sentir la fresca brisa del amanecer

Bastarme lo que al frente puedo ver

Y sé bien

Que un miedo camuflado puede aparecer

Que el viento no es un enemigo al que temer

Y un fino aliento me incita a creer

A creer

Volar pese a temer

Cantar en el vaivén

No hay mapas que seguir

La ruta la sabré

 

PD: Aquí dejo los enlaces para Spotify y Apple Music:

Spotify:

Apple Music:

https://music.apple.com/pe/album/cantar-en-el-vaiv%C3%A9n-single/1509123316

De canciones nuevas y expectativas

Este viernes se estrena en las principales plataformas digitales mi nueva canción, titulada “Cantar en el Vaivén”. Confieso que tengo cierta expectativa sobre su alcance pero mucha de esa parte está fuera de lo que puedo controlar. Por supuesto, puedo decir algo como “ya que el éxito de la canción está fuera mi control, no haré nada”, pero esta es una forma de engañarse.

Mis expectativas, en realidad, están basadas en lo que está en mi metro cuadrado de libertad: compartiré la canción y buscaré alguna forma de difundirla para que más personas tengan la oportunidad de escucharla. Son expectativas ligadas a mi propia acción. Por otro lado, esperar que llegue a gustar a mucha gente, que se viralice o que se convierta en un boom comercial, no solo es proporcional a esperar un milagro (que no descarto que puedan suceder), sino que termina siendo una pérdida de energía y tiempo, porque son resultados que están totalmente fuera de mi esfera de control. Por lo tanto, he decidido que ésto último no me preocupa.

Mis verdaderas expectativas están en la creación y producción de la música. Así que debo recordarme que, en ese plano, ya las cumplí y hasta las superé con el sonido que esperaba obtener en esta canción. Y resalto que eso es algo muy fácil de olvidar en un mundo basado en lo cuantitativo, en el que personas son solo dígitos de un gran número y todo tiene que ser “viralizado” y “masivo” para que sea exitoso. No obstante, muchas estupideces son exitosas y no por eso dejan de ser estupideces.

Así que no hay que dejar que el mundo nos robe la alegría con sus demandas y sus estándares arbitrarios. Pero tampoco hay que dejar que el miedo a lo que diga el mundo nos esconda. Aquí también: equilibrio.

El hábito no es un fin en sí mismo

Generar buenos hábitos es garantía de satisfacción, sin ninguna duda. La predisposición para la realización de actividades basadas en la voluntad, suele jugar a favor y, con el tiempo, se va haciendo más fácil el emprender nuevas actividades. En mi caso, por ejemplo, escribir este blog es un hábito: después de almorzar, me lavo los dientes, voy a mi computadora y empiezo a escribir. Me propongo escribir, inicialmente, durante 10 minutos; sin embargo, muchas veces, dependiendo del trabajo que tenga que hacer, encuentro que ha pasado 1 hora y sigo escribiendo o editando lo escrito.

El hábito de escribir este blog lo he pegado a otro hábito que ya tenía, por lo que se ha hecho más fácil ejecutarlo: lavarme los dientes, que era algo que ya hacía después de almorzar,  e inmediatamente después dirigirme a escribir, que es algo que ahora también hago. A esta idea de apilar un hábito a otro, James Clear denomina “habit stacking” (traducido como “apilamiento de hábitos”) en su libro “Atomic Habits” (traducido y disponible como “Hábitos Atómicos“).

Sin duda el apilamiento de hábitos constituye una gran ayuda, sobre todo porque ya no es necesario decidir si se tiene las ganas o no de escribir o de cuando sería apropiado hacerlo. Este hecho de escribir el blog a una hora regular no significa, sin embargo, que no existen otros momentos para escribir, sobre todo aquellos en los que surgen unas ganas incontenibles o una idea que crea el impulso de ir a apretar las teclas. Al igual que en las canciones, la regularidad y la espontaneidad de la improvisación combinan perfectamente. Cuando escribo regularmente, sin embargo, mi objetivo no es ni postear ese mismo día, ni escribir el mejor post de la historia, ni investigar 2 horas antes de hacerlo. Sí así fuera, no escribiría nada. El único auto-requerimiento es escribir.

No habiendo sido una persona muy dada a implementar mis propios hábitos durante una parte de mi vida, confieso que la idea de “automatizar” me suena a autómata y el convertirme en un autómata no me resulta para nada atractivo. Pero por otra parte es  bueno recordar que quien se cree “libre” y “espontáneo” todo el tiempo también tiene hábitos arraigados, solo que muchas veces los racionaliza y utiliza el eufemismo de “libertad” para describir todas sus conductas. Tiene que haber un equilibrio. En mi caso, la acción de implementar hábitos que faciliten ciertas conductas no son un fin en sí mismo. Mi finalidad de implementar hábitos no es convertirme en un autómata que ya ni siquiera se da cuenta que está escribiendo. Sino, todo lo contrario.

La intención de implementarlos es sencillamente predisponerme. Los hábitos que responden a la voluntad son inmensamente valiosos para predisponerse a la acción y eliminar las calorías mentales diarias que se gastan pensando en cuando, donde y cómo hacer lo que se quiere hacer. Es extraño, pero es parte del ser humano: con los malos hábitos uno sí se siente como un autómata impulsado por alguna fuerza. Pero en el caso de los hábitos que apoyan lo que se quiere hacer, éstos son un empujón conductual valioso. Y ahí terminan las funciones y competencias del hábito, porque cuando esté haciendo lo que quiero/debo hacer – sea lavarme los dientes, escribir una canción o estudiar – voy a intentar estar tan plenamente presente como un perro de presa. Y vivir una vida de presencia, con todo lo trillado que pueda sonar, sí que me parece un fin en sí mismo.

 

Ahora que tengo más tiempo, haré menos cosas

Era quincena de marzo cuando en el Perú se decretó el inicio de esta situación increíblemente rara, que conllevó al aislamiento social necesario para evitar una mayor propagación de la pandemia. A diferencia de quienes están acostumbrados a trabajar desde casa, muchas personas – incluido yo – debíamos asumir un escenario distinto al habitual: pasar muchas horas y días seguidos en casa. Confrontado ante tal posibilidad, decidí que debía aprovechar mi tiempo, así que seguí el estándar de moda: más es mejor. En este caso, una mayor cantidad de actividades sustentarían un mejor uso de mi tiempo.

Hasta que mis pretensiones empezaron a parecerme un poco absurdas. Pensé que si las cosas no se reflexionan, es fácil aplicar un doble estándar sin darse cuenta. Porque por una parte, por ejemplo, pienso que la idea de comprar compulsiva e innecesariamente, que surge del “más es mejor” publicitario, es ridículamente irreflexiva. Pero es raro que, teniendo aquel estándar tan claro cuando se trata de consumo, no lo tenga tan claro cuando lo que se invierte es tiempo. Al final del día, hacer muchas cosas puede representar un buen uso del tiempo para algunos, pero en otros solo sirve de justificación para evitar aquellas cosas que asustan, porque cuestan: trabajar concentradamente, escribir, componer canciones o aprender algo complicado.

Gracias a la evolución, es natural que nuestro cerebro quiera ahorrar calorías y que, por ello, uno prefiera marcar como realizadas una larga lista de actividades superficiales, en lugar de una que contenga solo 2 o 3 actividades que representen verdadero esfuerzo. Pero son estas pocas actividades valiosas las que, en el fondo, quisiéramos haber marcado como realizadas el final del día. Y no solo porque sus efectos a largo plazo son más relevantes, sino porque sabemos que hay valor en el sacrificio y en la disciplina, en la incomodidad de estar creciendo. A veces, incluso, se encuentra el disfrute del otro lado del miedo. Pero quienes conocen el logro, conocen el verdadero disfrute que representa el seguir, pese a que las cosas pueden ser adversas o no ser momentáneamente entretenidas. La dificultad puede ser un gran alimento para el aprendizaje.

Sin embargo, tampoco creo que sea necesario hacerse pasar por héroe, sobre-cargando uno sus días con esas 2 o 3 actividades. Porque en ese supuesto, el “más es mejor” relacionado a la cantidad de actividades, se habría reemplazado por otro “más es mejor” vinculado a la cantidad de horas que se hace una actividad. Y eso puede ser contraproducente. En mi caso, decidí que la opción razonable es avanzar todos los días en tres cosas importantes: trabajar varias horas (necesario), seguir creando mi disco de 5 canciones y aprender algo nuevo. Habrá días en los que tendré más tiempo para priorizar una cosa sobre otra, pero estas son mis actividades principales.

Y por supuesto, están esos pequeños placeres diarios que nunca daré por asumidos y que no están en ninguna lista. Un aperitivo antes del almuerzo y el salud entre mi abuela, mi tía y yo, el almuerzo mismo y la conversación, el café de la tarde, la película de la noche, escribir este blog después de almorzar, hacer deporte al mediodía, ir al mercado algunos días y otras cosas que pudieran surgir. Vamos, que no soy un “hacer humano”, sino solo un simple y agradecido ser humano.

 

 

 

El aspecto negativo de querer ser mejor

running-field-photography-1127120Imagen de uso libre 

Siempre se elogia el querer ser mejor. El entrenar fuerte y ganar. Algunos, incluso, el ganar como sea. Estos últimos dividen el mundo en perdedores y ganadores, y, al mismo tiempo, te dicen que más te vale no estar en el primer grupo. Con el afán de acostumbrarnos al negocio de la grandilocuencia, los libros inspiradores siempre tratan sobre esta clase de ganadores.

Sin embargo es bueno tratar de mirar más allá de la pomposidad heroica basada en apariencias. Querer ser mejor que el otro, no solo es una pérdida de tiempo, sino que tiene algo de patológico. No me refiero a personas genuinas, humildes, pero competitivas, como en el mundo del deporte lo son Andrés Iniesta o Rafael Nadal, sino a gente que no puede respirar si no se compara y necesita ver a los demás debajo para saber que está arriba. Dar lo mejor y querer ganar son rasgos naturales de quienes somos competitivos, pero uno corre mirando hacia el frente, no hacia los lados.

Sin embargo, querer ser mejor sin la necesidad de entrar en comparaciones enfermizas tampoco es automáticamente una virtud. Dentro del “querer ser mejor que uno mismo” también podría haber un sentido de insuficiencia; es decir, del necesitar conseguir algo para recién poder sentirse validado. No me refiero aquí a quienes van por sus objetivos con esfuerzo, placer y disciplina, sino a gente que cree que todavía no tiene la capacidad para sentirse que hoy es suficiente. Es bastante estúpido llamarle “motivación” al acto de auto-flagelarse.

No solo impide disfrutar plenamente del presente, porque los placeres se postergan hasta la consecución de la nueva identidad, sino que puede servir de aliciente -y lo sé por experiencia propia – para caer en un profundo y divertido túnel de procrastinación: es tan largo y sufrido el camino de volverse una persona ganadora, osada, audaz, valerosa, me río yo de los torpedos, surfeo yo los maremotos, que mejor conviene relajarse un rato. Y así, no solo se postergan los placeres, sino también los sacrificios necesarios para avanzar.

El aspecto negativo del querer ser mejor se manifiesta cuando se pone en juego el valor intrínseco del ser. Porque querer sanamente ser mejor que uno mismo es extraordinario y afortunadamente siempre habrá algo que aprender u optimizar. Pero también hay dentro de ti y de mí rasgos intrínsecos muy valiosos en este preciso momento. Y no están en juego. Y están ahí para ser apreciados y dejar de obsesionarse siempre con lo que falta.

Pero al igual que una cuerda no puede estar tan tensa porque está en peligro de romperse, tampoco puede estar sin ninguna clase de tensión, porque sino no suena. En ese sentido, la necesidad de sentirse valioso hoy no puede invitarnos a caer en el otro extremo: el adormecimiento que representa el “ya llegué”, convirtiéndose uno en una persona holgazana, sabelotodo, auto-complaciente, me río yo de la disciplina mientras mi mami me mantiene. 

Hay cierta tensión que abrazar entonces: querer ser mejor que uno mismo es un proceso que, en mucha gente sabia, no termina nunca. Va más allá de la simple consecución de un trofeo. Un trofeo puede ser un objetivo, pero el trofeo real es el proceso. Y es esa misma gente la que sabe que su valor nunca estuvo en juego y, por tanto, trata al triunfo y la derrota – esos dos impostores, como bien subrayó Kipling – de la misma forma.

Es, en realidad, en honor al reconocimiento de ese valor intrínseco que representa el pertenecer al género humano, que deciden, con paciencia y compasión, hacerse mejores cada vez. Y así, generan el mejor de los efectos: que quienes están a su alrededor se acepten plenamente para, a partir de ahí, emprender el eterno camino de ser mejores.