El músico y sus redes

blur-cellphone-cellular-telephone-533446Imagen de uso libre 

El 9 de agosto de este año se estrenó – en todas las plataformas de música en streaming – “Emerger“, primera canción de estudio que grabé después del “Atrapar el Viento”, mi disco debut lanzado en el 2016. Contraté una empresa de marketing musical en agosto, la cual no solo me ayudó a promocionar aquella canción, sino también tiene la finalidad de conseguirme conciertos, entrevistas y promocionar el segundo single, que está por grabarse. Al final, “Emerger”, esa canción de cuyo sonido me siento orgulloso, se lanzó conmigo haciendo caso a los consejos de los especialistas; es decir, estando inmerso en redes sociales, tratando de que llegue a la mayor cantidad de gente posible.

Debo confesar que esta experiencia me enseñó algunas lecciones claras. La más importante es que el nivel de adicción conductual que pueden generar las redes sociales es, si uno es honesto, sorprendente. La mayor parte del tiempo que estuve en ellas terminé revisando cosas que en un inicio jamás me propuse ver. Es evidente que esto no es una casualidad, sino producto de una inversión de grandes corporaciones que buscan mantenernos enganchados. La fórmula en la era de la economía de la atención es sencilla: a mayor tiempo utilizado por los usuarios en las plataformas, mayor dinero obtenido por las compañías. 

A partir de esta conectividad constante y esta exposición a plataformas altamente adictivas, empecé a agarrarle un disgusto a las tareas de marketing digital que me habían sido encomendadas, pese a la buena intención de la amable gente que me apoya en esta materia. Por ejemplo, una de las cuestiones usualmente recomendables es el compartir “historias” diarias en Instagram, como si la vida personal se tratara de un reality cuyos “highlights” hay que poner a disposición de todo el mundo por 24 horas. Esta tarea, que haría por primera vez, me dejó exhausto antes de los quince días. Y no solo porque la idea de que todo tiene que ser documentado me parece ridícula. Sino también porque me rehúso a la necesidad de probar que soy lo suficientemente interesante como para “ser seguido” todo el tiempo.

Lo anterior me hizo notar claramente que la acumulación de mis últimos hábitos digitales generaron cierta carga de ansiedad que, presumo, mucha gente sencillamente asume como un pasivo natural del presunto privilegio de estar constantemente “conectado”. Imagino que existe gente a la que ello no le genera ninguna clase de ansiedad, tanto porque saben utilizarlo de manera coherente o tal vez porque no les interesa perder el tiempo. Pero las conclusiones de este tipo son subjetivas y mi conclusión es clara en lo que a mi bienestar se refiere: no estoy dispuesto a aceptar diariamente la carga que me produce esa conexión perpetua expresada en la necesidad de documentarlo todo y esperar a ser constantemente validado por los demás.

El contraste ha sido muy evidente: una caminata con mi hija, una comida con mi novia, cervezas y/o fútbol y/o parrillas con amigos, una conversación con mi madre, almuerzos familiares, una película con mi abuela. Estas interacciones sociales a las que estoy acostumbrado me llenan plenamente y no las quiero ni sacrificar ni interrumpir por andar pegado a una pantalla. Pero no sólo eso, la mayor parte del tiempo tampoco quiero ni documentarlas ni compartirlas. Quizás esos pequeños acontecimientos, que muchas veces son los más importantes, no requieren una foto, sino la inmersión total en el momento. Y debe ser porque esos momentos hacen que uno se sienta un ser humano viviendo una vida genuina,  y no un autómata reaccionando a los coloridos estímulos de un túnel artificial, diseñado para la adicción.

Sobre lo que significó “Emerger”, la canción antes mencionada, me di cuenta que gran parte de mi satisfacción por lograr el sonido deseado, se diluía rápidamente por esa necesidad constante de mostrarme. Esta interpretación es, evidentemente, subjetiva, porque nadie me dijo que esto era algo que tenía que percibir. Pero tuve esta extraña sensación de que la canción por sí misma era insuficiente y que tenía que enfocar todas mis energías a hacer todo el ruido posible para llamar la atención, y así conseguir un deseable futuro basado en números. Sin embargo, esto contradice algo que tengo bastante claro desde que empecé a escribir canciones: una canción puede ser popular, hiper-masiva, ganar millones de dólares y ser terriblemente mala al mismo tiempo. Dar una valorización cualitativa a una obra por sus números es un error categórico. Hay carreras que no me interesa correr.

De todos modos, es preciso aclarar: no tengo la intención de desacreditar el marketing digital, porque creo que tiene una función de difusión importante y porque, además, estoy agradecido con los chicos que trabajan colaborando conmigo. Este texto únicamente constituye una visión personal de las sensaciones y reflexiones de un músico, en este tiempo de conexión perpetua y utilización constante de redes sociales. Y la finalidad de escribirlo es sincerarse, poner en orden algunas ideas y replantear su utilización.

Menciono la palabra “replantear” porque, aunque parezca extraño, no estoy decidido a cerrar todas las plataformas digitales. Esto es porque creo que, en algunas ocasiones, el replanteo puede ser mucho más radical que el abandono. Y también porque, cuando no son utilizadas frenética y compulsivamente, estas plataformas pueden proporcionar algo de valor.

Hay tres datos que me parece relevante subrayar, a fin de replantear mi relación con esta clase de tecnologías:

  1. Estas empresas invierten millones de dólares para mantener a sus usuarios enganchados la mayor cantidad de tiempo posible.
  2. Mi tiempo y mi atención son excesivamente importantes. No estoy dispuesto a pasar la mayor parte de mi día en redes sociales diseñadas para ser adictivas.
  3. Estas plataformas, utilizadas intencionalmente, pueden producir el valor de difundir  mi trabajo como músico. A partir de ahí, alguien podría hacer suya una canción mía o podría generarse una verdadera conexión humana en un concierto. Esto último es lo más increíble de ser músico.

Tomando en consideración estos datos, puedo replantear mi utilización de estas plataformas sin la necesidad de creerme una falsa dicotomía: i) que debo utilizarlas libremente (es decir, todo el tiempo y sin una intención clara); o, ii) que no debo utilizarlas nunca. Así, puedo sacar provecho a una herramienta de forma ocasional, sin dejar que mi atención se vea constantemente fragmentada y que mi tiempo se sienta perdido.

Al final, amo hacer música y compartirla personalmente. Disfruto mucho el antes, durante y después de los conciertos. Me encanta la conexión humana que surge a partir de la música. Y si puedo utilizar algunos minutos para compartirla con alguien me siento privilegiado. Es el documentarlo casi todo y estar constantemente distraído lo que no se parece ni se acerca en nada a lo que he decidido definir como éxito. En mi experiencia personal, mucho más interesante que la exposición constante a cantidades exorbitantes de chatarra digital, resulta ser aquello que tengo al frente, sea lo que sea. Respetar y honrar el momento presente y vivir una vida rica en interacciones sociales, cara a cara.

Algunas personas descubrieron mis canciones gracias a estas plataformas, lo cual es algo que agradezco. Pero este tiempo también me hizo dar cuenta de una verdad importante: no quiero pasar mi vida pegado a una pantalla. Y sí, entiendo la necesidad del músico de conectarse y mostrarse. Sin embargo, creer que ello justifica una conexión omnipresente me resulta irracional.

Como dije antes, a veces un replanteo es más radical que un abandono. Eso sí, hay cosas que no es necesario replantear: seguiré haciendo canciones porque eso es algo que amo hacer.

 

* Si deseas escuchar “Emerger”, está disponible en Spotify, Apple Music, Deezer, entre otras plataformas. Aquí también te dejo el enlace de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=2XOUsAhiA9E

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El arte de tener una segunda profesión

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La página de Wikipedia del escritor inglés Anthony Trollope (1815-1882) dice lo siguiente:

“(…) fue uno de los novelistas más exitosos, prolíficos y respetados de la época victoriana (…) Trollope ha sido siempre un novelista popular. Han sido aficionados a sus novelas Sir Alec Guinness (quien nunca viajaba sin una novela de Trollope), el ex primer ministro británico Sir John Major, el economista John Kenneth Galbraith, la popular escritora estadounidense de misterio Sue Grafton y el guionista y dramaturgo Harding Lemay (…) Sir Ifor Evans señala que, durante los bombardeos sobre Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, las novelas de Trollope eran la lectura favorita de un gran número de personas”.

Tal clase de descripciones sobre el genio de Trollope, además de la lista que contiene la totalidad de libros que escribió en su vida, permitirían asumir que su dedicación a la actividad de escribir tendría que haber sido su única profesión, consumiendo la mayor parte de su día. No obstante, Trollope era un hombre que tenía un trabajo común en la Oficina de Correos Británica. Esta última profesión fue la que pagó durante mucho tiempo las cuentas de su casa.

No obstante, lejos de tomarlo como un simple pasatiempo, Anthony Trollope siempre consideró el escribir novelas una segunda profesión. Y esta segunda profesión la tomó con un profesionalismo digno de imitar para quienes también hemos decidido tener dos profesiones: una que paga las cuentas y otra que nuestra naturaleza y nuestro corazón nos demandan realizar (y que quizás algún día podamos convertir en nuestra principal fuente de ingresos). El siguiente pasaje evidencia la virtud y disciplina que Trollope tenía respecto de su segunda carrera:

“Era febrero, y el tiempo era miserable; pero aun así hice mi trabajo. Labor omnia vincit improbus. No digo que a todos los hombres se les haya dado la fuerza física suficiente para un esfuerzo como este, pero creo que el esfuerzo real permitirá a la mayoría de los hombres trabajar en casi cualquier época del año. Previamente había dispuesto un sistema de trabajo de tareas para mí mismo, que recomendaría encarecidamente a aquellos que sienten como lo he sentido: que el trabajo, cuando no es absolutamente obligatorio por las circunstancias de la hora, nunca debe permitirse que se convierta en espasmódico. No había ningún día en el que fuera mi deber escribir para los editores, ya que era mi deber escribir informes para la Oficina de Correos. Estaba libre para estar inactivo si lo deseaba. Pero como había decidido emprender esta segunda profesión, me pareció conveniente obligarme a cumplir ciertas leyes auto-impuestas.

Alrededor del mundo artístico es muy usual creer que implementar algo de disciplina diaria corta las alas de la espontaneidad. A veces pareciera asumirse que la actitud del presunto genio consiste en permanecer en la sigilosa espera de la mágica aparición de una musa. Sin embargo, muchos de los grandes artistas de la historia han sido personas disciplinadas y comprometidas con su trabajo de manera diaria. Como bien dijo Picasso: “La inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando”. Que la espontaneidad y el trabajo programado sean incompatibles es sencillamente un mito.

Existen tantos sistemas y métodos para trabajar diariamente como personas que los utilizan; sin embargo, en el libro antes citado, Trollope nos comparte el sistema que empleaba para medir lo escrito diariamente:

Cuando he comenzado un nuevo libro, siempre he preparado un diario, dividido en semanas, y lo he mantenido durante el período que me he permitido para completar el trabajo. En este he ingresado, día a día, el número de páginas que he escrito, de modo que si durante uno o dos días me he perdido en la ociosidad, el registro de esa ociosidad ha estado allí, mirándome a la cara y exigiendo de mí un mayor trabajo, para que la deficiencia pueda ser suplida. De acuerdo con las circunstancias de la época, si mi otro negocio podría ser pesado o ligero, o si el libro que estaba escribiendo era o no era requerido con rapidez, me he asignado tantas páginas a la semana. El número promedio ha sido alrededor de 40. Se ha colocado tan bajo como 20, y se ha elevado a 112. Y como una página es un término ambiguo, mi página contiene 250 palabras; y como las palabras, si no se observan, tendrán una tendencia a rezagarse, he tenido cada palabra contada a medida que avanzaba. En las ofertas que he hecho con los editores que tengo (…) me he limitado a proporcionarles tantas palabras, y nunca he puesto un libro por debajo de ese número por una sola palabra. También puedo decir que el exceso ha sido muy pequeño. Me enorgullezco de completar mi trabajo exactamente dentro de las dimensiones propuestas.

Algunos pueden hallar la rigurosidad de Trollope algo descabellada, pero fue aquella la que lo llevó a ser el gran escritor reconocido que hoy es. Viviendo como vivimos, en un tiempo de distracción constante en el que todo debe divertirnos o darnos cierta gratificación inmediata, las palabras “disciplina” y “reglas” pueden parecernos contrarias a lo que venimos malinterpretando como libertad y que podría no ser más que una tiranía de malos hábitos que nos termina jugando en contra.

No obstante, en el caso de Trollope, disciplina, reglas y libertad van de la mano. Debemos considerar que éste había decidido emprender esta segunda profesión, como él mismo señaló. Es decir, ejerció la libertad de decidir dedicarse a escribir novelas, posiblemente a partir de una vocación profunda. Y fue a partir de esa manifestación de voluntad que le pareció conveniente obligarse a cumplir ciertas leyes auto-impuestas, a fin de realizar de forma consistente esa actividad que le dio sentido a su vida y que lo llevó, no solo a ser un grandísimo escritor, sino también un trabajador ejemplar.

La disciplina no tiene por qué ser una carga, y esto lo saben quienes experimentan amor por las actividades realizadas, esas que mientras más haces, más ganas sientes de seguir haciendo. Sin embargo, la disciplina que obedece a nuestros propios planes también nos obliga a hacer a un lado esos caprichos inmediatos que pueden y suelen surgir, para reconducirnos y alimentar nuestros objetivos de largo aliento. En esa línea, Trollope habla sobre el poder de la acción diaria, capaz de vencer cualquier brote esporádico de creatividad:

Nada es tan potente como una ley que no puede ser desobedecida. Tiene la fuerza de la gota de agua que ahueca la piedra. Una pequeña tarea diaria, si es realmente diaria, vencerá las labores de un Hércules espasmódico. Es la tortuga la que siempre atrapa a la liebre. La liebre no tiene oportunidad. Pierde más tiempo en glorificarse a sí misma por un brote rápido, de lo que es suficiente para que la tortuga haga la mitad de su viaje.

Estas pequeñas acciones pueden generar grandes resultados a largo plazo, pero sobre todo, permiten experimentar una dosis diaria de ese profundo sentido que otorga el hacer algo por la recompensa intrínseca de la actividad misma.

Habiendo decidido hacer de la música mi segunda profesión, mi admiración por la ética de trabajo de Trollope es inevitable. Mi intención profesional dentro de la música consiste en generar una estructura que favorezca la espontaneidad y la creatividad, en la que las palabras y las notan musicales fluyan de manera constante. Dentro de esa estructura mi objetivo no solo es crear, sino también mejorar. Por ello, también son necesarios los períodos de práctica deliberada, esa que puede no ser tan agradable porque exige el máximo esfuerzo para estirar la capacidad adquirida hasta ese momento.

La verdad es que me siento agradecido por la posibilidad de hacer música y ese agradecimiento se manifiesta en mi necesidad de establecer reglas para mí mismo. Mi conclusión es que programar en un calendario la visita de las musas no las aniquila, sino todo lo contrario: las invita a venir más seguido.

La tiranía de la inmediatez

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Un buen amigo y yo tomábamos unas cervezas después de una jornada laboral un viernes por la tarde cuando, en una actitud objetivamente irracional pero absolutamente comprensible para este tiempo, tomé el teléfono y empecé a comunicarme a través del WhatsApp con otras personas. Mi amigo lo notó y dijo ambiguamente: “ten cuidado con las redes sociales”. Yo respondí con cierto orgullo: “ya no uso Facebook e Instagram en el celular y no entro hace casi 1 mes”. Su respuesta fue sencilla y contundente: “el Whatsapp es una red social”.

Tal como escribí previamente, como parte de un experimento de minimalismo digital decidí sacar de mi teléfono móvil dos aplicaciones que me ofrecen entretenimiento de baja calidad: Facebook e Instagram. No mencioné Twitter porque nunca he utilizado su servicio. Si bien reconocí que esas herramientas me ofrecen cierto tipo de beneficio para difundir mi labor como músico, también señalé que pueden ser perjudiciales para mi concentración. Considerando que tengo un trabajo de oficina, debo ser bastante claro sobre qué quiero hacer con mi tiempo.

Analizando los resultados del experimento realizado, debo decir que el no estar expuesto a grandes cantidades de información irrelevante ha sido muy positivo. El impulso de saber lo que pasa o no pasa en redes ya no me genera nada y no extraño en absoluto el desperdiciar mi tiempo en ellas. Sin embargo, debo reconocer que, si bien la ausencia de interés por las redes sociales ha favorecido que profundice mi tiempo en actividades que me generan gran satisfacción -como mejorar mi “blues” en la guitarra-, también ha significado que reemplace algo de mi tiempo de uso de esas redes en otra aplicación que también puede generar pérdidas masivas de tiempo: el afamado “Whatsapp”.

Debo hacer una aclaración: no considero que cualquier actividad que no proporcione un resultado concreto sea una pérdida de tiempo. Conversar frente a frente con amigos sobre cualquier clase de tontería y sin interrupciones virtuales es una de las cosas que más disfruto. Es justamente por el disfrute de esas actividades que tengo cada vez más la sensación de que las conversaciones por mensajería instantánea no están ni cerca de reemplazar el contacto humano.

Sin embargo, he caído en cuenta que la utilización automática de la mensajería instantánea es un práctica común aceptada para toda clase de ámbitos, siendo plausible presumir que existe una falta de cuestionamiento al respecto. Y si bien puede ser que su utilización habitual sea necesaria para realizar de manera efectiva labores de coordinación, fuera de dicha necesidad, su utilización puede ser compulsiva y perjudicial.

Gran cantidad de gente cree que es una obligación mirar el teléfono cada 10 minutos para poder así responder a demandas de cualquier persona y de todo tipo (que en algunos casos no son ni interesantes, ni urgentes ni importantes). Existe, entonces, una suerte de expectativa relacionada a la siempre vigente disponibilidad de las personas que utilizan la mensajería instantánea, en base a la disposición propia de aceptar ser constantemente interrumpido. Esto es un síntoma claro de que existe una tiranía de la inmediatez insertada a la que hay que hacer frente.

En lo que se refiere a trabajos que requieren largos períodos de concentración la cuestión puede resultar paradójica: por un lado podrían exigirte que pases la mayor parte del tiempo concentrado y, por otro, pedirte que estés revisando constantemente el teléfono para verificar si existe una urgencia. Esta clase de demandas se da en entornos en los que se sigue creyendo en el mito del “multitasking”. Sin embargo, se sabe que no se puede hacer dos cosas a la vez y que lo que sucede cuando se intenta es directamente proporcional a cambiar de canal una y otra vez entre las dos actividades, generando un residuo de atención que favorece el desempeño mediocre.

Esta disponibilidad inmediata, entonces, por más que da una apariencia de responsabilidad y ocupación, únicamente sirve para fragmentar la atención, favoreciendo la distracción constante. Y hoy es común en mucha gente pasarse el día muy ocupada y terminar haciendo nada.

Al darme cuenta de mis hábitos adictivos al utilizar esta red, creo que ha llegado el tiempo de formularme pequeñas preguntas, a fin de re-definir mi relación con la mensajería instantánea:

  1. ¿Cuántas de mis conversaciones son provechosas?
  2. ¿Cuántas de mis conversaciones son realmente necesarias?
  3. ¿Cuántas de mis conversaciones únicamente me distraen de lo que quisiera estar haciendo?

Si tienes alguna interrogante y quieres unirte a la conversación, eres bienvenida/o.

 

 

* Photo by ROBIN WORRALL on Unsplash

Minimalismo digital

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Cal Newport, autor de uno de los mejores blogs sobre productividad y profundidad que existen en la Red, lanzó hace unos meses la preventa de un libro que, al igual que sus anteriores libros, promete ser de gran utilidad en este tiempo de hiperconexión: Digital Minimalism: Choosing a Focused Life in a Noisy World (Minimalismo digital: Escoger una vida enfocada en un mundo ruidoso).

Como buen lector de las ideas de Newport (he seguido su blog durante los últimos años, además de leer dos de sus libros para trabajadores y uno para estudiantes) adquirí la pre-venta del mencionado libro apenas supe que su lanzamiento estaba programado para el 5 de febrero del 2019. Por fortuna para quienes somos sus lectores, y como parte de un incentivo que buscaba aumentar las pre-ventas, Newport ofreció un paquete de información exclusiva que consistía en un tutorial de video sobre los sistemas de productividad utilizados por él y una guía detallada sobre el proceso de limpieza digital que incluye en el libro. Es sobre esta guía en lo que quiero enfocarme en este post, a fin de compartir el proceso de limpieza digital que contiene.

Proceso de Limpieza Digital

La limpieza digital consiste en el alejamiento voluntario de las tecnologías opcionales  durante 30 días con la finalidad de descubrir o re-descubrir aquellas cosas importantes en nuestras vidas. Luego de terminar con el período de limpieza, deben re-introducirse únicamente aquellas tecnologías que apoyen nuestros objetivos relacionados a aquello que más valoramos.

Con la finalidad de ser más específico, comparto las reglas de limpieza digital propuestas por Cal Newport:

  1. Establecer un período de treinta días durante el cual deberás tomarte un descanso de las tecnologías opcionales.
  2. Durante el período de treinta días, explorar y descubrir actividades y conductas que encuentres satisfactorias y significativas.
  3. Al final del período del descanso, re-introduce tecnologías opcionales en tu vida, empezando desde cero. Por cada tecnología que re-introduzcas, determina qué valor sirve en tu vida y cómo la vas a utilizar específicamente para maximizar aquel valor.

Cuando Newport se encontraba en proceso de investigación de su libro, realizó un experimento a finales de 2017, el cual consistió en escribir un correo a los suscriptores de su blog solicitando voluntarios para realizar el proceso de “limpieza digital” antes descrito. Tuvo tanta repercusión que alrededor de 1600 personas se ofrecieron de voluntarias y el prestigioso New York Times sacó un artículo al respecto.

Algunos de los testimonios de las personas que siguieron el experimento fueron compartidos por él en un post publicado el 28 de marzo de 2018 en su blog. Las siguientes son algunas de aquellas historias:

  • Una instructora de yoga llamada Angy, quien también tiene un BFA y solía ser artista profesional, manifestó que el no malgastar el tiempo en redes sociales la hizo replantearse en qué quería ser buena y prefirió regresar a la pintura por encima de escribir posts en redes sociales. Durante el proceso de limpieza organizó tres exposiciones de arte y su trabajo fue aceptado en una exposición con jurado. Finalmente, concluyó que para ella se trató de un re-enfoque de su tiempo y compromiso consigo misma, para mejorar sus destrezas en una actividad que ama.
  • Andy, un profesional en tecnologías de la información, lee de 3 a 5 libros al año. Estando libre del tiempo gastado en redes sociales, está en camino de terminar 50 libros en el 2018.
  • Un ingeniero de nombre James se dio cuenta de cuánta información inútil consumía a través de redes sociales durante el día. Habiendo removido de su rutina este gasto de atención, regresó a su viejo pasatiempo de jugar ajedrez y se convirtió en un entusiasta de los sets de Lego de arquitectura.

Motivado por estos ejemplos, decidí hacer esta suerte de limpieza digital en forma de “piloto”. He removido definitivamente de mi teléfono móvil las aplicaciones de Facebook e Instagram y me siento más tranquilo y cómodo. Van 13 días sin acceder a las plataformas mencionadas y siento que no me he perdido de nada.

Como abogado que trabaja en una oficina de lunes a viernes, estas herramientas no me sirven para absolutamente nada y, por el contrario, al estar diseñadas para ser adictivas, son susceptibles de dañar mi concentración y constituyen una gran pérdida de tiempo.  Sin embargo, me gustaría hacer énfasis en mi trabajo como músico.

Facebook e Instagram son herramientas que permiten difundir el trabajo musical; sin embargo, su mera utilización no convertirá a nadie en un mejor músico. A lo mucho ayudará a incrementar la cantidad de “seguidores” (que en muchos casos son inflados a través de un servicio pagado) y se fortalecerá el afamado “branding”, pero en cuanto al mejoramiento de las destrezas musicales y de la puesta en escena, que es lo que más importante, estas herramientas son totalmente irrelevantes. Es muy fácil confundirse y creer que para tener seguidores es más necesario estar constantemente conectado compartiendo publicaciones superficiales que ensayando y componiendo nueva música.

No obstante, tampoco creo que para convertirse en un gran músico haya que dejar todas las herramientas de esa clase, para vivir en una suerte de ascetismo digital. En ese sentido, si bien no pienso entregar mi tiempo y atención a estas plataformas de forma constante, he decidido seguir utilizando Facebook (y también Instagram, pero en menor medida), bajo las siguientes condiciones:

  1. No utilizaré dichas aplicaciones desde mi teléfono móvil. Únicamente me conectaré desde mi computadora.
  2. No lo haré por más de 1 hora a la semana.

Hoy tuve la gran fortuna de empezar clases de blues con un guitarrista excelente. Eso define, musicalmente, a lo que apunto en este año: quiero tener más herramientas para terminar de escribir mi segundo disco y convertirme, de a pocos, en un guitarrista capaz de hacer muy buenos solos. Si pierdo mi tiempo y atención en redes sociales de manera desordenada, dejando que invada mi vida diaria, mis objetivos podrían frustrarse o prolongarse ridículamente, a cambio de una recompensa mediocre: creer que mi medida como músico es proporcional a los likes que recibo por publicaciones inútiles.

En conclusión: me alejaré de las redes sociales para concentrarme en aquellas cosas que llenan de valor mi vida. Me permito aclarar que no digo esto desde la posición del ermitaño: mi vida social y familiar es bastante rica sin la necesidad de estas herramientas. La idea filosófica de fondo es vivir una vida de presencia, utilizando sabiamente mi tiempo y mi atención.

*Imagen tomada del blog “Study Hacks” (www.calnewport.com)

Un nuevo año

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Empieza un nuevo año y con él grandes posibilidades. Es en estos primeros días que solemos plasmar los trazos frescos de nuestra esperanza en el papel blanco que nos representa el inicio de este período nuevo.

Algunos de mis trazos dejan evidencia de mi emoción: he cumplido el viejo sueño de laborar como especialista legal en una Institución determinada (a la cual quería ingresar desde hacía aproximadamente cinco años) y la bendita posibilidad de servir a través de ella. Sigo siendo servidor público, pero esta vez en una faceta distinta. Tengo planeado, inicialmente, adaptarme a mi nuevo ritmo para luego empezar a implementar las estrategias que me permitan desarrollar mi trabajo de la manera más inteligente y productiva. Encuentro fascinante el haber empezado el primer día hábil del año en esta nueva oficina y me siento agradecido por las personas que me recibieron: es mejor de lo que esperaba.

En lo que a mi faceta de cantautor se refiere tengo un proyecto ambicioso en mente: terminar de escribir y, si resulta posible, empezar a grabar un disco conceptual (ya tiene el título y una idea general). Ya me encuentro en proceso de escribir un grupo importante de canciones. Luego seleccionaré aquellas que mejor suenen y que vayan con la idea central del disco. Espero grabar al menos un par de singles este año y sacarlos. Hay trabajo por hacer, gracias a Dios.

Pese a pertenecer a mundos que podrían considerarse distintos, tanto en mi trabajo como especialista legal, como en el de músico, pienso que la satisfacción está más ligada al proceso que al resultado. La experiencia del día a día y las cosas a las que decida atender son las que configurarán una experiencia satisfactoria. De ser así, los resultados tan anhelados llegarán como consecuencia, lo cual generará incluso mayor bienestar. Que la esperanza sea complementada con trabajo bien hecho.

Bendiciones para todos. Que construyan un gran año.

Andrés.

Tendrás que trabajar, pero eso es bueno

Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ningún día de tu vida” es uno de los eslóganes más utilizados por una generación que parece demandarle a la vida que todo sea divertido y se pueda conseguir sin mucho esfuerzo. Quizás sin quererlo, esta suerte de filosofía, convertida en un ideal supremo de nuestro tiempo, perjudica la grandeza de la que es capaz el espíritu humano cuando, con esfuerzo y trabajo, va en pos de un objetivo.

Sobre el “elegir un trabajo que te guste” se ha escrito ya mucho. Uno de los mitos más extendidos en el mundo de hoy es que uno debe conseguir un trabajo que esté relacionado a una pasión pre-existente para poder ser feliz. “Sigue tu pasión y serás feliz“. “Si tu trabajo no es tu pasión no vas a ser feliz hasta que te animes a seguir tu pasión“. Esto, que suena tan bonito, resulta ser falso. Las condiciones que hacen una vida laboral satisfactoria tienen que ver mucho más con el volverse competente y con la visión que uno tenga de su trabajo, y menos con el puesto de trabajo en sí mismo. “Desarrolla una pasión por lo que haces” es mejor consejo que “sigue tu pasión”.

Además, es probable que cuando el “vivir de la pasión” se ponga difícil, mucha gente abandone no sólo el sueño de vivir de esa pasión, sino sus esperanzas de ser feliz, tan ancladas a ese mito.

La parte final de la frase, sin embargo, es la que resulta más sorprendente. Si haces lo que te gusta “no tendrás que trabajar ningún día de tu vida“. Esta mentira es descarada: uno puede divertirse en el trabajo, amar lo que hace y estar motivado todos los días y, sin embargo, ello nunca será sinónimo de “no trabajar”. Si uno quiere volverse un profesional o experto costará esfuerzo y dedicación, algo que, en muchas ocasiones, podría no ser tan placentero (y está bien que no lo sea).

En todas las profesiones y oficios existen personas excepcionales que sobresalen haciendo un trabajo extraordinario y esto es así gracias a su esfuerzo y a que valoran las cosas bien hechas. Desde el músico que practica incontables horas, pasando por el artesano que pone toda su atención en aprender a construir verdaderas obras con sus manos y hasta el abogado que lee artículos legales y leyes para conocer mejor su oficio: una carrera satisfactoria se construye con práctica constante y consciente.

En muchos oficios no habrá otra opción que hacer un trabajo duro, mientras que en otros el hacer un trabajo inteligente y estructurado será más provechoso que el complicarse la vida pensando que por sufrir se está trabajando bien. Sin embargo, sea cual sea la actividad particular, será trabajando que se conseguirán resultados (y no solo resultados: hacer bien una actividad y mejorar constantemente en ella genera un estado de flujo y de disfrute). Por el contrario, será difícil alcanzar un nivel de ejecución alto con la mentalidad de “no trabajar” que forma parte de esta generación, que se ha creído que la única forma de alcanzar genuina satisfacción es viviendo en el éxtasis de unas perpetuas vacaciones.

La práctica deliberada hace al maestro y detrás de los trabajos que todo el mundo quiere tener (músicos, futbolistas, etc.) hay horas, horas y más horas de práctica deliberada y montañas de esfuerzo invisible.

Debo confesar que coincido con Toni Nadal, ex-entrenador y tío del gran tenista español Rafael Nadal, cuando dice que a los niños hay que ponerles las cosas difíciles para educarlos bien, porque el carácter se forma en la dificultad. Algo tan básico y objetivamente cierto se considera polémico en una sociedad hipersensible que busca siempre los atajos y la comodidad de la gratificación instantánea.

Trabajar es sagrado, y si tienes la fortuna de elegir -que en este mundo desigual es un privilegio que pasamos por alto – mi consejo es el siguiente: “Elige un trabajo, pon el corazón en él y agradece que para crecer es preciso trabajar todos los días”.

El poder de la actitud

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Corría el año 1995 cuando Daniel Goleman, psicólogo y periodista estadounidense, publicó un libro que fue fruto de una larga y exhaustiva investigación, titulado “La Inteligencia Emocional“. Si bien todavía me encuentro inmerso en las páginas del mismo, como para andar sacando conclusiones generales, quiero compartir una historia contada por el autor en la introducción de dicho libro, la cual se me ha quedado grabada y creo que es porque ilustra el impacto que pueden tener pequeños detalles en la interacción con las demás personas.

La historia está traducida de la siguiente forma:

Era una tarde de agosto insoportablemente húmeda en la ciudad de Nueva York, el tipo de tarde húmeda que hace que la gente esté de mal humor. Yo regresaba al hotel y al subir al autobús que me llevaba a Madison Avenue me sorprendió oír que el conductor – un negro de mediana edad – me saludaba con un cordial “¡Hola! ¿Cómo le va?”, saludo que ofrecía a todo el que subía mientras el autobús se deslizaba entre el denso tránsito del centro de la ciudad. Todos los pasajeros estaban tan sorprendidos como yo y, atrapados en el clima taciturno favorecido por el día, pocos respondieron el saludo.

Pero mientras el autobús avanzaba lentamente calle arriba se produjo una transformación lenta, casi mágica. El conductor ofreció a los pasajeros un ágil monólogo, un animado comentario sobre los escenarios que se sucedían ante nosotros: había una liquidación increíble en esa tienda, una exposición maravillosa en ese museo, ¿alguien había oído hablar de la nueva película que acababan de poner en el cine de la otra manzana? El deleite que sentía ante las variadas posibilidades que brindaba la ciudad resultó contagioso. Cuando los pasajeros bajaban del autobús, lo hacían despojados del caparazón de mal humor con que habían subido; y cuando el conductor gritaba un “Hasta pronto, que tenga un buen día!”, cada uno respondía con una sonrisa.

El recuerdo de ese encuentro me acompañó durante casi veinte años (…)

Posteriormente, Goleman se refirió al conductor como un “pacificador urbano”, formidable por su capacidad para transformar la hosca irritabilidad que acumuluban sus pasajeros, y suavizar y abrir sus corazones.

Si el recuerdo de aquel buen hombre sigue acompañando a Goleman durante tantos años es porque está claro que fue una situación no habitual. El tipo de persona que contagia tal clase de positividad suele brillar por su ausencia, lo cual quizás signifique que la gran mayoría de nosotros asumimos la postura pasiva, esperando toparnos con brillantes seres humanos que nos contagien su buena actitud, en vez de decidir ser los sujetos activos de la historia, titánica tarea que empezará por sacarse el confort que representa jugar a ser la víctima de las pequeñas injusticias cotidianas y que nos otorga el hoy supremo derecho a quejarnos.

Conociendo a la perfección la dificultad de llevar las teorías más deseables a la práctica, estoy convencido de que la tarea es ardua; sin embargo, en una sociedad tan violenta y polarizada, el más grande acto de subversión será convertirse en un verdadero pacificador.

Finalmente, esta historia nos deja algo adicional que, personalmente, he podido corroborar en mi experiencia: creer que es necesario tener un trabajo que represente estatus, poder y mucho dinero para ser feliz es un triste mito. Ello no significa que tener un trabajo que incluya todas esas condiciones signifique la negación de la felicidad. Pero si se logra vivir una vida bien vivida no será a causa de las posiciones o posesiones. El chofer de esta historia es un ejemplo de ello, además de ser un gran ejemplo.

El mito del estatus

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Para una gran cantidad de gente, los cartones, el sueldo y el título que tienen es lo que les otorga su principal noción de identidad propia. Esta noción desde el inicio está condicionada por los demás, en cuanto uno se “diferencia” o cuan “mejor” es. Me permito desde el inicio aclarar algo: no creo que haya nada intrínsecamente malo en querer acumular conocimiento y, por ende, tener la intención de canjear el mismo por mejores condiciones laborales. Creo, por el contrario, que es algo positivo. Lo intrínsecamente negativo es creer que, para bien o para mal, el valor de una persona se basa en el estatus adquirido.

El mito del estatus emerge desde esa creencia tan absurda como arraigada, que presume que existe gente que vale más que otra por el trabajo que realiza, el sueldo que gana y/o el título que ostenta. Resulta paradójico que muchas personas que han gozado de una instrucción más alta que la del promedio, sustenten esta clase de creencia infundada; sin embargo, no representará ninguna sorpresa, entendiendo que mucho de lo que significa hoy la palabra “educación” hace referencia a la acumulación de conocimiento técnico especializado, sin necesariamente ninguna conexión con el pensamiento crítico y los valores que todos los seres humanos compartimos.

Quienes creen aquel mito, en muchos sentidos, ignoran (quizás involuntariamente) la desigualdad que existe y que afecta en gran medida las posibilidades de desarrollo de las personas. Pero más allá de eso, ignoran que todos los hombres y mujeres, sin importar la actividad particular a la que se dedican, tienen exactamente el mismo valor. Y si bien está claro que en el mercado en que nos desarrollamos existen trabajos mejor remunerados y mejores trabajadores que otros, al final del día el valor de los seres humanos será idéntico.

Desde una perspectiva basada en el carácter, es mucho más razonable pensar que el “cómo” se realiza determinado trabajo termina siendo más determinante y dice más sobre una persona que el puesto de trabajo que ésta tiene. Tanto en el trabajo del conocimiento, como en el artesanal se pueden encontrar personas humildes que trabajan íntegramente y de forma totalmente eficiente, así como gente que decide trabajar mediocremente; sin embargo, por muy triunfadora que sea determinada persona, jamás merecerá mayor respeto por dicha condición.

Por otra parte, la experiencia cotidiana también nos demostrará que el tener un “trabajo importante” no asegura nada en cuanto a la virtud: la honestidad y la integridad, valores que hoy en muchos sectores parecen brillar por su ausencia, se pueden encontrar en gente con un trabajo mucho más sencillo que el que tienen muchas personas cuyo grado académico es tan alto como su nivel de corrupción. El “trabajo importante” no es en sí mismo una virtud: dependerá de cómo se realice.

Finalmente, el “trabajo importante” no asegura la felicidad y esto no solo podemos verificarlo por nosotros mismos, sino que también ha sido resultado de muchos estudios que pueden ser replicables. La diferencia entre alguien que no puede pagar su comida y alguien que tiene cubiertas sus necesidades básicas puede ser determinante. Pero una vez cubiertas las necesidades básicas, la diferencia entre una persona satisfecha de clase media y un multimillonario puede ser inexistente. El “trabajo importante” no es en sí mismo la felicidad: dependerá de cómo se viva.

Trabajar mejorando un poco cada día y entender que todos merecen el mismo respeto posiblemente eleve el nivel de aquello que llaman felicidad. Eso sí, que el trabajo que tengamos no sea la fuente de lo que creemos de nosotros mismos, sino la expresión de lo que ya somos.

 

* Imagen de uso libre obtenida en www.pixabay.com

 

Repensar el trabajo

Siempre está latente la idílica posibilidad de dejarlo todo y empezar una nueva vida, siguiendo alguna pasión. Pero también está viva una posibilidad menos grandilocuente y pomposa, aunque quizás más eficiente y generadora de una satisfacción profunda en una forma más rápida: repensar lo que veníamos haciendo desde hace buen tiempo y encontrar mejores formas de hacerlo. Mirar con nuevos ojos el viejo oficio. Y si bien para algunos esto podría sonar a rendirse o sacrificar los sueños, trabajar sin ganas esperando encontrar el trabajo soñado para recién hacerlo bien, podría resultar siendo un camino torpe que la mediocridad cotidiana no hará más placentero.

Recuerdo mi experiencia previa a la universidad, cuando decidí trabajar de obrero durante unos meses en New Jersey, EE.UU. Me registré en una agencia con 17 años recién cumplidos y el primer trabajo al que me enviaron resultó ser una imprenta. En aquella imprenta estuve muy pocos días, por lo que no recuerdo ni el trabajo específico que me tocaba hacer, ni las circunstancias en que se dio esta conversación, pero un hombre me regaló el siguiente consejo: “haz lo que no te gusta al 100% y cuando hagas algo que te gusta lo disfrutarás mucho más”. Pese a lo trillado de la frase y mi cinismo de aquella época, lo que aquel hombre tiene algo de cierto.

Hoy, sin embargo, voy aún más allá de la frase y creo que el volverse competente en lo que uno hace, puede cambiar la visión de una actividad que parecía no ser tan agradable en una placentera. Quizás, a diferencia de lo que la sabiduría popular aconseja, lo que haga falta sea un cambio en la actitud, no en la búsqueda de un trabajo relacionado a una pasión pre-existente. Esto no quiere decir que uno no deba hacer planes para tener un mejor futuro y deba conformarse, únicamente significa que no podemos postergar la sensación de bienestar que representa el dar lo mejor que tenemos hoy. Eso es algo que, afortunadamente, podemos decidir cambiar inmediatamente, sin que signifique abandonar mejores proyectos.

Aquí empieza una bitácora que me permitirá dejar registro del cambio de perspectiva en mi mundo laboral (que involucra tanto mi carrera de abogado como la de cantautor), con la finalidad de que algún lector pueda beneficiarse con algunos de los contenidos compartidos. Unos posts tendrán citas de determinados estudios y otros tendrán únicamente la carga de mi propia experiencia. Me he visto inspirado a escribir esto gracias a algunos libros que descubrí en los últimos meses. En especial este, este y este. Los dos primeros son de Cal Newport, doctor en ciencias de la computación por el MIT y profesor de Georgetown, quien comparte constantemente propuestas para mejorar el enfoque de estudiantes y trabajadores del conocimiento en su increíble blog Study Hacks. El último libro es de Winifred Gallagher, divulgadora científica que escribió sobre la atención plena desde una perspectiva más amplia a causa de una enfermedad con la que tuvo que lidiar. La atención voluntaria es fundamental para cambiar de enfoque en el trabajo y mejorar tanto la producción como la satisfacción. De hoy en adelante, este blog será testimonio de un constante repensar el trabajo. Bienvenidos.