Simplicidad y acción

No hay dudas de que en un tiempo de hiper-conexión como aquel en el que vivimos, construir una vida simple resulta una tarea extremadamente complicada. “La simplicidad es un estado de la mente“, decía el pastor francés Charles Wagner en su magnífica obra “La vie simple“.  Pero más adelante advertía: “el espíritu de la simplicidad no es un regalo inherente, sino el resultado de una conquista laboriosa“.

Es increíble que Wagner considere su tiempo agitado, sobre todo porque escribió este libro en 1895. Si la simplicidad es un estado de la mente, la agitación también debe serlo y quizás ese haya sido el patrón común de la gente de su tiempo. La capacidad de complicar las cosas es un rasgo distintivo de nuestra especie y, más allá de los elementos propios de cada época, parece estar perpetuamente vigente.

Sin embargo, hoy quiero tocar un punto específico que diferencia nuestra época de todas las anteriores: la sobreabundancia de información. Las personas de hoy tenemos una tarea titánica, porque no solo estamos cómodos con nuestra adicción a las herramientas digitales, sino que justificamos su utilización compulsiva bajo el eufemismo de “mantenernos informados”. Si somos honestos, muy pocas personas realmente necesitan mirar su teléfono móvil cada 5 minutos.

Ahora, si el tiempo fuese infinito y no existiera la diferenciación entre lo importante y lo irrelevante, no tendrías motivo alguno para preocuparte. Sin embargo, mucha gente está insatisfecha porque cuando le dice que “sí” a la sobreabundancia de información, le está diciendo que “no” a algo más importante. Por eso, la simplicidad requiere tomar acción con relación a aquello que es más importante para ti y eliminar – o, en todo caso, dejar para la periferia del día – aquello que es divertido pero irrelevante.

También está la millonaria industria de la auto-ayuda y sus libros y artículos. Se utilizan los medios digitales para vendernos toda clase de consejos y uno ya no sabe diferenciar un libro potencialmente bueno de uno mediocre. Empiezo a creer que muchas de estas ideas consisten en convencer a la gente, a través de un marketing muy efectivo, que hay algo mal con ellas y que son ellos, los vendedores de las ideas, quienes tienen la solución.

Algunos libros buenos encajarían en ese género, por lo que no creo que toda la literatura de auto-ayuda sea inútil, pero sí cuestiono su efecto Diderot: siempre hay un siguiente libro que te va a cambiar la vida y uno siguiente y uno siguiente y uno siguiente. Muchos nos perdemos horas leyendo sobre ideas vinculadas al “cómo ser” o “cómo hacer”. La idea central del consumismo actual consiste en hacerte creer que te falta ese último “algo” que te hará feliz, y eso aplica tanto para cuestiones materiales, como ideas. Sin embargo, la verdad sigue siendo la misma de siempre: una acción, por más pequeña que sea, genera mayor impacto y satisfacción que el saturarse de información.

Una causa frecuente de falta de acción podría deberse a que la persona se ha auto-impuesto un síndrome que, gracias a la cantidad infinita de información, no es poco común en nuestra época: la parálisis por análisis. No es necesario encontrar el sistema perfecto para actuar. Como ya decía Charles Wagner en el año 1895: “el hombre que, para prepararse mejor para caminar, debería comenzar haciendo un examen anatómico rígido de sus medios de locomoción, correría el riesgo de dislocarse algo antes de dar un paso. ¡Tienes lo que necesitas para caminar. Entonces, adelante!“.

Lo mismo se aplica a la filosofía. No osaría jamás decir que el filosofar esté de más, porque creo en la necesidad de la filosofía y su aplicación práctica. Y muchos libros de filosofía son capaces de influenciar positivamente a una persona, empujándola a vivir una vida virtuosa. Pero uno podría llamarle “filosofar” al consumo pasivo de libros filosóficos. Y ciertamente uno no tiene derecho a justificar su inacción, argumentando que todavía no ha comprendido el sentido de la vida en el planeta. La filosofía y la vida demandan acción.

Hay que aceptar que, al menos en esta vida, no llegaremos a saber la razón de todo, ni conoceremos el sistema de productividad perfecto. Hay que abrazar la verdad que dice que no hay necesidad de comprar siempre el último libro. Tenemos lo que necesitamos para actuar hoy. Si hay algo por mejorar, que parta del reconocimiento del valor intrínseco que ya posees y no del sentimiento de perpetua insatisfacción que quieren enfatizar muchos vendedores. Actuar, reflexionar y confiar.

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