La trascendental relevancia del respeto al semáforo

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He elegido un título pretencioso para este post porque creo en la trascendental relevancia de los pequeños detalles. Usualmente solemos hablar de las grandes cosas: los grandes actos de corrupción, las grandes hazañas de los deportistas, las grandes ganancias de las empresas, etc. Pero siempre que veas a una persona grandiosa, vas a darte cuenta que está hecha de muchos pequeños detalles que, sumados, configuran una unidad extraordinaria.

En Lima, mi ciudad, es bastante usual pasarse la luz roja. Y esto se da tanto en peatones como en choferes y en avenidas grandes y concurridas como en calles pequeñas. Casi nadie habla de esto porque son los grandes actos de corrupción e impunidad lo que mayormente interesa. Sin embargo, pareciera que olvidamos que pasarse una luz roja es un acto de corrupción y el no recibir la consecuente multa es un acto de impunidad.

Gracias a las redes sociales, hoy es mucho más fácil sentarse en el cómodo asiento del crítico y condenar a esos grandes corruptos (que sí, destripan los países a su antojo) y omitir aquellos pequeños actos de corrupción que nos tienen a nosotros por protagonistas. ¿Acaso es igual robarle al Estado que pasarse una luz roja?, nos preguntamos. Y así, terminamos por descartar nuestra corrupción por lo minúscula que es.

Pero como no se puede ser genuinamente feliz y cínico, al mismo tiempo, una mejor opción sería tomar mayor responsabilidad de las propias acciones y cambiar esas conductas, para así ser consecuentes al ejercer una crítica y no aplicar un estándar al resto que nosotros mismos somos incapaces de respetar. En esa línea, propongo tres argumentos a favor del respeto al semáforo:

 

1.- La mentalidad del apurado

Lima no es una ciudad dinámica, sino nerviosa. No es efectiva y sí apurada. Todo el mundo corre, aunque no sepa hacia donde. En cada semáforo hay 2 o 3 autos que se pasan la luz roja. ¿Donde van tan apurados? Posiblemente ni ellos saben. Es sencillamente la cultura. Pero cuando te pasas la luz roja estás diciéndole a tu cerebro que ese ritmo impuesto por los apurados es el ritmo en el que hay que vivir, perdiendo el control sobre tus propias acciones.

La alternativa es disfrutar y aprovechar tu día, sabiendo que hacer las cosas bien no solo es más satisfactorio, sino que resulta más rentable que vivir en el perpetuo apuro. La persona dinámica y coherente no necesita vivir apurada porque ha aprendido a dar su fruto en su tiempo. Felizmente, no se nace “apurado”, ni “dinámico”: se puede cambiar poco a poco.

2.- No es ético

Como dijimos previamente, estamos acostumbrados a conocer sobre los grandes actos de corrupción de políticos de todas las ideologías. Esto es algo endémico y debería cuestionarse siempre. Pero eso no quiere decir que tengamos carta libre para pasar por alto nuestras propias acciones y no asumir nuestra responsabilidad. Una persona libre es una persona totalmente responsable de sus actos. La mentalidad de víctima conlleva a la parálisis en la que mucha gente se ve a sí misma hoy: quejas y más quejas de todo lo mal que hacen los otros y, al mismo tiempo, incapacidad para confrontar el espejo.

Pero además no solo no se respeta la propia ética presuntamente “anti-corrupción”, sino que se rompen las leyes de la lógica: si lo que nos molesta es la corrupción, el acto de pasarse la luz roja debería molestarnos. Pero no: pareciera que lo único que nos molesta es la magnitud. Esto genera la ilógica idea de que “mi corrupción no es tan grande como tuya”. Pero, ¿corrupción es corrupción, no? El no recibir multa tiene un nombre de moda: impunidad.

3.- Convivencia ciudadana

Como seres sociales necesitamos vivir conjuntamente y habrá mayor satisfacción si es de manera respetuosa. Además, algo nos ha enseñado esta pandemia: la magnitud en la que estamos interconectados. Cuando te pasas la luz roja frecuentemente, te estás poniendo a ti mismo por encima del resto de los otros ciudadanos. Y esto no resulta beneficioso para nadie: incontables ejemplos históricos hay de que vivir para uno mismo es programarse para la infelicidad. Anhelamos la conexión y el servir nos hace más que bien.

Respetar el semáforo lanza un mensaje importante a los demás: estoy dispuesto a ser un buen ciudadano y mis acciones están destinadas a que nuestra convivencia sea armoniosa. Hay una conquista en este punto: si el estándar es el egoísmo, una persona que respeta la convivencia demuestra ser más fuerte que la cultura automática que se gesta a su alrededor. Son esta clase de personas las que inspiran y promueven el cambio. Y más allá de cualquier resultado, el respetuoso obtiene su satisfacción de la acción en sí misma. La gratificación de hacer lo correcto incluso cuando nadie esté viendo.

 

Ojalá podamos mejorar nuestra convivencia, que depende tanto de los grandes e importantes actos, como de los pequeños detalles. Y que sean nuestras acciones las que evidencien nuestro compromiso con los valores que decimos profesar y no solo nuestros discursos en redes sociales.

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