La fama, el placer y la propia actividad

1.- Ser aplaudido por miles, verse a sí mismo en los canales de televisión, ser la portada del periódico más leído de la ciudad. Ser reconocido en la calle, independientemente de la actividad que se realice.

La fama no es mala en sí misma, porque puede ser la consecuencia de un trabajo bien hecho. Sin embargo, muchas personas tienden a ver la actividad que realizan únicamente como un medio para alcanzar el elogio y el reconocimiento. Cuando la fama se convierte en un fin en sí mismo, dejando de importar los medios con los cuales se alcanza, ésta se constituye como una búsqueda superficial de validación.

Y ha generado que miles de personajes cuyo único mérito es tener un teléfono con conexión a internet se conviertan en los “influencers” de una generación que llama “diversión” a su adicción a pasarse varias horas diarias mirando una pantalla de colores.

2.- Vivir una vida hedonista, marcada por la continua satisfacción del antojo, sea cual sea. Vivir para los sentidos: ponerlos de amos y actuar como sirvientes leales en la perpetua búsqueda de estímulos.

La búsqueda de placer es absolutamente normal en el ser humano. Pero quienes hemos caído alguna vez en la búsqueda desenfrenada de alguna forma de placer sabemos que esta es una forma dañina de vivir. El placer es parte importante de la experiencia humana, pero es importante darle el lugar apropiado: es un buen sirviente, pero un pésimo amo.

3.- Vivir una vida enfocada en la propia actividad. En la mejora continua. En el aprendizaje. En la concentración. En la voluntad. En la disciplina y el sacrificio. Esta es una forma virtuosa de vivir.

Dejar de estar sometido a las presiones del día, a los estímulos inacabables que ofrece la tecnología de hoy. Sobre todo dejar de engañarse llamando “libertad” a nuestra actividad compulsiva y reconocer que mucho de lo que hacemos en línea cae en patrones adictivos. Escribo esto principalmente por mi propia experiencia. No niego que es divertido pasar un rato en alguna red social. Sin embargo, 7 horas al día es preocupante. Y a mí me ha pasado.

Pasar un tiempo con los propios pensamientos, sin esos estímulos que hoy lo invaden todo. Decidir poner la atención en algo productivo. Construir poco a poco el camino. Experimentar y aprender. Servir a los demás. Esta es una forma virtuosa de vivir, desde tiempos inmemoriales.

Y digo esto último, porque este post ha sido escrito en base a una frase que fue escrita hace muchísimos años. Y está dividido en tres puntos por la estructura de la misma. La frase a la que hago alusión la saqué de las “Meditaciones” de Marco Aurelio (121 d.C. – 180 d.C.), el sabio emperador/filósofo:

El que ama la fama considera bien propio la actividad ajena; el que ama el placer, su propia afección; el hombre inteligente, en cambio, su propia actividad.

Marco Aurelio

El hombre inteligente podría llegar a ser famoso. Pero no viviría ni para la fama ni para las oportunidades de placer que trae la misma. Sino que siempre volverá, con renovado entusiasmo, a enfocarse en su propia actividad.

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