Contra la auto-indulgencia

Es cierto que en el sistema en que hemos crecido, muchas veces hemos visto como se ha tratado sistemáticamente al ser humano como un simple medio cuyo propósito esencial es cumplir los fines de otro. En ese orden jerárquico retorcido, el hombre ha dejado de ser un fin en sí mismo, y el poder, el “éxito”, el estatus y el dinero han pasado a ser los objetivos sagrados. Esto claramente es un error categórico. El ser humano no debería convertirse en un “hacer humano”.

No obstante, a veces la salida que se propone ante un error categórico no necesariamente es la idónea. La historia puede ofrecer cientos de ejemplos en los que se intentó corregir un error categórico con otro de su misma clase. Es por eso que en este post me propongo cuestionar aquella noción que, equivocadamente, asume que la respuesta idónea a la productividad extrema e insensata es el tratarse a sí mismo con excesiva indulgencia.

En el último tiempo y debido a la crisis de salud pública que, a nivel mundial, conllevó al aislamiento social, millones de personas ha tenido que, forzosamente, pasar tiempo en su casa. Y es a partir de esta suspensión de una vida acelerada, que se han venido difundiendo diversos mensajes vinculados a la idea de que, al no ser máquinas destinadas a producir todo el tiempo, este es un tiempo para tratarse a sí mismo con mucha indulgencia.

No obstante, si bien la idea de que no somos máquinas es correcta, habría que considerar la idea de la auto-indulgencia como otro error categórico y, de paso, cuestionar esa noción moderna de “relajo”, que muchas veces no es otra cosa que la racionalización de la adicción que muchas personas tienen a apretar botones en su teléfono móvil, pasando de una red social a otra sin control. El “relajo” de esa clase de actividades realizadas de forma compulsiva no es tal, sino un eufemismo bonito destinado a cubrir un vicio.

Relajarse no tiene que convertirse en sinónimo de inactividad u holgazanería. El relajo es necesario y el ser humano lo necesita todos los días. Sin embargo, la necesidad de que dicho estado sea perpetuo es tan razonable como la idea de comer todo el día y sin parar, bajo la justificación de que se necesita comer. El descanso y el trabajo profundo son buenos amigos y son ambos necesarios y gratificantes. Diversas investigaciones sugieren que, contrariamente a lo que se cree, un descanso profundo implica desconexión.

Casi todo vuelve a funcionar de nuevo si se desconecta durante unos minutos, incluido tú.”

– Anne Lamott.

Si bien es esencial el darse cuenta que cada momento es valioso, habría que considerar que la noción de culparse a uno mismo por no producir nada o por desperdiciar el tiempo no resulta beneficiosa en sí misma, salvo que produzca el cambio deseado. Es una paradoja perder el tiempo culpándose a uno mismo por haber perdido el tiempo. Y sin embargo, ahí estamos cayendo constantemente en eso. Mejor es dejar el pasado en el pasado y decir, como Benjamin Franklin al inicio de cada día: “¿qué cosa buena puedo hacer hoy?”. Y si tres cuartos de un día ya se fueron, habrá que refrasear y decir “¿qué cosa buena puedo hacer en este momento?”. Nunca es tarde.

Pero la salida de la auto-indulgencia que conlleva a decir “como no soy una máquina, voy por el día relajado, reaccionando a lo que me provoque” constituye muchas veces una forma de auto-engaño barato. Lejos está la libertad de esa actitud caprichosa e infantil. Porque si bien no hemos nacido para ser tratados como simples máquinas, existe en el ser humano, además de su valor intrínseco, una especie de alegría que solo proviene del trabajo bien hecho. Del crear, de aprender y de avanzar. Y muchas veces la gratificación que llega al final es proporcional al sacrificio y al esfuerzo que hubo que ponerle.

Internet no necesariamente tiene que ser el refugio de la adicción a la distracción, sino que también se presenta como oportunidad: es un espacio en el que, si se quiere, se conseguirán cursos y tutoriales valiosos. Por ejemplo: si se quiere aprender algo sobre  ética y justicia, Harvard ofrece gratuitamente el curso completo de “Justicia”, cuyo profesor es Michael Sandel, uno de los mejores filósofos del mundo. Aprender cuesta, pero su impacto positivo genera una gratificación mucho mayor que la que proporciona el “like” que le acaban de poner a nuestra última foto.

En resumen, el no ser una máquina, no quiere decir que la holgazanería o el pasarse horas en un túnel de estímulos digitales sea el fin último del ser humano. Habrá un tiempo para disfrutar el no hacer nada. Pero hay una opción mucho más seductora que la auto-indulgencia: Aprender algo nuevo. Concentrarse en una actividad que lo valga. Crear algo con las manos: un mueble, un pastel, un arpegio. Y dejar de creer que uno tiene que ser el niño mimado de uno mismo.

 

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