El hábito no es un fin en sí mismo

Generar buenos hábitos es garantía de satisfacción, sin ninguna duda. La predisposición para la realización de actividades basadas en la voluntad, suele jugar a favor y, con el tiempo, se va haciendo más fácil el emprender nuevas actividades. En mi caso, por ejemplo, escribir este blog es un hábito: después de almorzar, me lavo los dientes, voy a mi computadora y empiezo a escribir. Me propongo escribir, inicialmente, durante 10 minutos; sin embargo, muchas veces, dependiendo del trabajo que tenga que hacer, encuentro que ha pasado 1 hora y sigo escribiendo o editando lo escrito.

El hábito de escribir este blog lo he pegado a otro hábito que ya tenía, por lo que se ha hecho más fácil ejecutarlo: lavarme los dientes, que era algo que ya hacía después de almorzar,  e inmediatamente después dirigirme a escribir, que es algo que ahora también hago. A esta idea de apilar un hábito a otro, James Clear denomina “habit stacking” (traducido como “apilamiento de hábitos”) en su libro “Atomic Habits” (traducido y disponible como “Hábitos Atómicos“).

Sin duda el apilamiento de hábitos constituye una gran ayuda, sobre todo porque ya no es necesario decidir si se tiene las ganas o no de escribir o de cuando sería apropiado hacerlo. Este hecho de escribir el blog a una hora regular no significa, sin embargo, que no existen otros momentos para escribir, sobre todo aquellos en los que surgen unas ganas incontenibles o una idea que crea el impulso de ir a apretar las teclas. Al igual que en las canciones, la regularidad y la espontaneidad de la improvisación combinan perfectamente. Cuando escribo regularmente, sin embargo, mi objetivo no es ni postear ese mismo día, ni escribir el mejor post de la historia, ni investigar 2 horas antes de hacerlo. Sí así fuera, no escribiría nada. El único auto-requerimiento es escribir.

No habiendo sido una persona muy dada a implementar mis propios hábitos durante una parte de mi vida, confieso que la idea de “automatizar” me suena a autómata y el convertirme en un autómata no me resulta para nada atractivo. Pero por otra parte es  bueno recordar que quien se cree “libre” y “espontáneo” todo el tiempo también tiene hábitos arraigados, solo que muchas veces los racionaliza y utiliza el eufemismo de “libertad” para describir todas sus conductas. Tiene que haber un equilibrio. En mi caso, la acción de implementar hábitos que faciliten ciertas conductas no son un fin en sí mismo. Mi finalidad de implementar hábitos no es convertirme en un autómata que ya ni siquiera se da cuenta que está escribiendo. Sino, todo lo contrario.

La intención de implementarlos es sencillamente predisponerme. Los hábitos que responden a la voluntad son inmensamente valiosos para predisponerse a la acción y eliminar las calorías mentales diarias que se gastan pensando en cuando, donde y cómo hacer lo que se quiere hacer. Es extraño, pero es parte del ser humano: con los malos hábitos uno sí se siente como un autómata impulsado por alguna fuerza. Pero en el caso de los hábitos que apoyan lo que se quiere hacer, éstos son un empujón conductual valioso. Y ahí terminan las funciones y competencias del hábito, porque cuando esté haciendo lo que quiero/debo hacer – sea lavarme los dientes, escribir una canción o estudiar – voy a intentar estar tan plenamente presente como un perro de presa. Y vivir una vida de presencia, con todo lo trillado que pueda sonar, sí que me parece un fin en sí mismo.

 

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