Ahora que tengo más tiempo, haré menos cosas

Era quincena de marzo cuando en el Perú se decretó el inicio de esta situación increíblemente rara, que conllevó al aislamiento social necesario para evitar una mayor propagación de la pandemia. A diferencia de quienes están acostumbrados a trabajar desde casa, muchas personas – incluido yo – debíamos asumir un escenario distinto al habitual: pasar muchas horas y días seguidos en casa. Confrontado ante tal posibilidad, decidí que debía aprovechar mi tiempo, así que seguí el estándar de moda: más es mejor. En este caso, una mayor cantidad de actividades sustentarían un mejor uso de mi tiempo.

Hasta que mis pretensiones empezaron a parecerme un poco absurdas. Pensé que si las cosas no se reflexionan, es fácil aplicar un doble estándar sin darse cuenta. Porque por una parte, por ejemplo, pienso que la idea de comprar compulsiva e innecesariamente, que surge del “más es mejor” publicitario, es ridículamente irreflexiva. Pero es raro que, teniendo aquel estándar tan claro cuando se trata de consumo, no lo tenga tan claro cuando lo que se invierte es tiempo. Al final del día, hacer muchas cosas puede representar un buen uso del tiempo para algunos, pero en otros solo sirve de justificación para evitar aquellas cosas que asustan, porque cuestan: trabajar concentradamente, escribir, componer canciones o aprender algo complicado.

Gracias a la evolución, es natural que nuestro cerebro quiera ahorrar calorías y que, por ello, uno prefiera marcar como realizadas una larga lista de actividades superficiales, en lugar de una que contenga solo 2 o 3 actividades que representen verdadero esfuerzo. Pero son estas pocas actividades valiosas las que, en el fondo, quisiéramos haber marcado como realizadas el final del día. Y no solo porque sus efectos a largo plazo son más relevantes, sino porque sabemos que hay valor en el sacrificio y en la disciplina, en la incomodidad de estar creciendo. A veces, incluso, se encuentra el disfrute del otro lado del miedo. Pero quienes conocen el logro, conocen el verdadero disfrute que representa el seguir, pese a que las cosas pueden ser adversas o no ser momentáneamente entretenidas. La dificultad puede ser un gran alimento para el aprendizaje.

Sin embargo, tampoco creo que sea necesario hacerse pasar por héroe, sobre-cargando uno sus días con esas 2 o 3 actividades. Porque en ese supuesto, el “más es mejor” relacionado a la cantidad de actividades, se habría reemplazado por otro “más es mejor” vinculado a la cantidad de horas que se hace una actividad. Y eso puede ser contraproducente. En mi caso, decidí que la opción razonable es avanzar todos los días en tres cosas importantes: trabajar varias horas (necesario), seguir creando mi disco de 5 canciones y aprender algo nuevo. Habrá días en los que tendré más tiempo para priorizar una cosa sobre otra, pero estas son mis actividades principales.

Y por supuesto, están esos pequeños placeres diarios que nunca daré por asumidos y que no están en ninguna lista. Un aperitivo antes del almuerzo y el salud entre mi abuela, mi tía y yo, el almuerzo mismo y la conversación, el café de la tarde, la película de la noche, escribir este blog después de almorzar, hacer deporte al mediodía, ir al mercado algunos días y otras cosas que pudieran surgir. Vamos, que no soy un “hacer humano”, sino solo un simple y agradecido ser humano.

 

 

 

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