Un cumpleaños singular

Las circunstancias me obligaron a recibir mi cumpleaños #33, el día de ayer, en medio de la obligación social de permanecer aislado. En este tiempo solo hay dos personas conmigo en mi casa: Aída, mi hermosa abuela materna y Rosa, su hermana y mi tía abuela. Ello supuso un escenario muy distinto al de todos los cumpleaños que recuerdo. Porque si bien nunca fui de dar la grandísima fiesta, recuerdo un elemento común de todas mis anteriores celebraciones: los abrazos y la libertad de movilizarse.

Decir que no extrañé los abrazos cumpleañeros de los míos sería mentir descaradamente. Pero, si soy franco, decir que la pasé mal también lo sería. He tenido la posibilidad de recibirlo sano y con el corazón contento, pese a la circunstancias. Y la he pasado, aunque exista gente que no pueda concebirlo, realmente bien.

Confieso, entonces, que me sorprendieron los mensajes diciendo que “ya tendré tiempo para celebrarlo”. Si este mensaje hiciera alusión a lo difícil que resulta celebrar en medio de una situación como la que se vive en el mundo, lo entendería un poco mejor. Pero ese no era el sentido al que se referían las personas bienintencionadas que se tomaron el tiempo de saludarme de esa forma: se referían, en realidad, a que la vida está suspendida y que, como consecuencia de esa suspensión, resulta casi imposible poder celebrar algo, sobre todo considerando que uno debe permanecer obligatoriamente en su casa.

Luego de la sorpresa inicial, sin embargo, pensé que es absolutamente normal en nuestra cultura el otorgar el mayor peso del disfrute de cualquier situación a las circunstancias. Y así, la paz que está ahí, siempre disponible, uno la termina complicando, aplicándole innecesariamente las arbitrarias reglas que aplican a las loterías o encadenándola a algún resultado deseado futuro. Y esto no es solo sumamente tonto, sino irresponsable, porque pretende desconocer la latente posibilidad que está en las manos de cada persona de hacerse feliz con lo que tiene.

Hay demasiada evidencia en el mundo de gente que lo tiene todo y no se siente satisfecha y gente que se siente satisfecha con poco. Tenemos varias apps para fortalecer algo tan ridículo como las apariencias, pero todavía ninguna que deje ver la verdadera paz interior de las personas. Y si de algo estoy convencido es de que, en primer lugar, la fiesta se debe llevar por dentro. Si es así, se puede celebrar cualquier cosa, por pequeña que sea, independientemente de las circunstancias.

Sí, hubo gente que extrañé demasiado. Pude imaginar los abrazos de las personas que quería abrazar. Y los voy a aplastar como un oso cuando vuelva a abrazarlas. Pero eso no me impidió saborear la salchicha de Huacho del desayuno, el puré de papa amarilla con pollo oriental del almuerzo, los vodka tonic con naranja que nos preparé. Y esa bendita “torta” que me ayudaron a hacer mi abuela, mi tía y esas personas excesivamente especiales que me acompañaron mediante videollamada. Se me pasó la mano con la harina y dejé espesar demasiado el fudge: todo esto fue responsabilidad mía. Pero hoy, a mis 33 años, puedo añadir a todas mis etiquetas la de “repostero mediocre, pero alegre“. Aquí la evidencia:

 

mde

 

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