El verdadero valor del pan

Este, evidentemente, no es un pequeño artículo sobre precios. Es sobre dejar de dar por asumidas las pequeñas cosas diarias y volver a mirarlo todo con los lentes del agradecimiento puestos.

Quienes tuvimos un pan siempre a la mano tendremos que hacer un verdadero esfuerzo para llegar a valorar algo tan abundante y barato. Pero una ligera sospecha me invita a creer que agradecer de corazón un pedazo de pan es la fórmula para saborearlo, quizás por primera vez, del todo. En este mundo, empecinado en no satisfacer todas nuestras – a veces caprichosas – demandas y atontarnos con una corriente de distracción sin precedentes, la acción de disfrutar un pedazo de pan no solo resultará exótica, sino hasta revolucionaria.

No niego que debamos trabajar contra la perpetuación de estructuras perniciosas que generan ciudadanos de segunda clase, sin oportunidades de nada. La injusticia no puede ocultarse o maquillarse. Sin embargo, y asumiendo el riesgo de ser considerado un hereje de los dogmas sociales de este tiempo de corrección política en el que se demanda a todos pensar lo mismo, debo confesar que he visto gente que es capaz de disfrutarlo todo hasta en las condiciones más mínimas. Evidentemente, estas condiciones no son ni merecidas ni deseables. Pero hay un brillo en los ojos de las personas agradecidas que ninguna estructura social perfecta podrá ser capaz de generar a través de una ley. La gente verdaderamente agradecida suele brillar en casi cualquier circunstancia.

Postergar la satisfacción de lo pequeño de un simple pan para cuando se haya conseguido un resultado futuro deseado puede conducirnos, de manera muy sutil, hacia una cadena de insatisfacción perpetua. Sencillamente no podré disfrutar del pan, si lo mastico pensando en el banquete que me merezco. Lo paradójico es que mucha gente que está en un banquete, es incapaz de disfrutarlo, al estar preocupada pensando en otra cosa. Esto pasa cuando hasta el banquete se da por asumido.

Quien posea la verdadera capacidad de disfrutar un pedazo de pan, así sea lo único que tenga en el momento, tendrá una experiencia más rica y plena que los preocupados del banquete. Puede ser, entonces, que el banquete se lleve por dentro.

Cuando consigas el nuevo auto, la nueva computadora, el nuevo disco, habrá también algo que falte. El fin de la publicidad es, en muchos casos, captar clientes a través de historias sencillas, pero baratas. Primero, te convence de la infelicidad que padeces o de lo que te falta para estar completo. Por alguna razón mágica ellos tienen la solución: el producto que te ofrecen te dará esa felicidad plástica y superficial. Se cumple con la entrega del producto, pero nunca con la entrega de la promesa.

En lugar de perder el tiempo haciendo caso a publicidad absurda sobre recompensas futuras, conviene ser capaz de ver todo lo que hoy se puede agradecer. Citando al filósofo escocés Thomas Carlyle: Oh, tú que anhelas el encarcelamiento de lo Presente, y clamas amargamente a los dioses por un reino en el que gobernar y crear, conoce esto de una verdad: lo que buscas ya está contigo, ‘aquí o en ninguna parte’, ¡si solo pudieras ver!“.

Poder saborear un pan es una gran bendición. Poder compartirlo una mucho más grande.

 

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