Aburrimiento, viejo amigo

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Imagen de uso libre 

Existe evidencia irrefutable sobre la adicción que incitan las redes sociales. Si no me creen, pueden revisar el trabajo de tres personajes importantes del mundo de la tecnología, quienes conocen desde dentro las artimañas utilizadas por los imperios lucrativos de esta era de la economía de la atención: Tristan Harris, Cal Newport y Jaron Lanier.

Lo preocupante de este mar de fotos, textos y vídeos es que posiblemente esté ahogando al aburrimiento, viejo amigo nuestro y componente necesario para la creatividad. Porque está bastante claro nuestro condicionamiento pavloviano de moda: supongamos que vemos a una persona que no está haciendo nada en específico. Esta persona, que puede estar sentada en una sala de espera, en la banca de un parque o incluso estar parada en la cola del supermercado, tiene el teléfono en su cartera o bolsillo. Si apostamos que no pasan 2 minutos hasta que esté mirando su pantalla portátil lo más probable hoy es que ganemos la apuesta. Es probable que en algunas ocasiones yo mismo también sea esa persona.

Ahora, si bien es cierto que gran parte del contenido de redes sociales está hecho por gente que ruega constantemente por notoriedad, existe contenido interesante y provechoso. En mi caso, he podido conocer músicos, escritores y artistas que tienen algo interesante que decir. Además, como músico, me ha permitido compartir mi trabajo y el material dedicado a difundir mis conciertos. 

Pero más allá del contenido, lo que me intenta tratar aquí es la forma de utilización. Cualquier persona honesta te dirá que le resulta casi imposible utilizar estas aplicaciones en su teléfono móvil con un propósito claro o por un tiempo determinado. Incluso si el propósito claro es un momento de diversión o distensión, muchos son los casos en los que el uso se extiende hasta límites imprevistos. Gracias a sus millonarias inversiones, estas corporaciones nos saben pulsar los botones precisos para dejarnos enganchados por horas.

La perpetua disponibilidad de la conexión y el contenido siempre fresco y nuevo no deberían ser justificación suficiente para pasar horas enfrascados en un túnel digital, bajo la etiqueta de “utilización libre”. Sé por experiencia propia que una acción “libre” puede no ser tal, sino constituir una justificación barata para la impulsiva búsqueda de gratificación instantánea. Tampoco creo en falsos dilemas donde no los hay: “o usas las redes sociales “libremente” o no las usas en absoluto”. Porque como dije anteriormente, no soy partidario, al menos por ahora, del abandono total de las redes: pienso que si uno es cuidadoso (bastante cuidadoso, en realidad) sí puede extraer cierto valor de ellas sin tener que asumir los pasivos. La cuestión para mí está en la forma.

No pretendo ser rígido; acepto plenamente mi condición imperfecta y supongo que habrá momentos en los que caeré durante más tiempo del que quiero en una de estas redes. Espero, sin embargo, que sean pocos, porque tengo la voluntad de ser disciplinado al utilizarlas. Y esto es porque me he dado cuenta que su necesidad diaria es un invento poco sofisticado y, sobre todo, porque prefiero estar haciendo cosas más provechosas que deslizar mi dedo en un tronco digital.

No faltará quien diga que la disciplina es para gente rígida y la libertad es para gente con alas, personas especiales de nacimiento muy creativas y locas, predestinadas para volar. Todo bien con el cuento, salvo que este es falso. En mi diccionario, quien hace todo el tiempo “lo que quiere” no está en la definición de “libre”, sino de “caprichoso”. 

Ser disciplinado no equivale a volverse un robot, como algunos creen. La disciplina, cuando proviene de la verdadera voluntad, va de la mano con la libertad. Pero si realmente se quiere hablar de robots, un mucho mejor ejemplo serían aquellos seres “libres” que no se separan nunca de sus pantallas. Rompiendo con todos los antecedentes de la cadena evolutiva, estas personas están aniquilando una experiencia humana trascendental y, lamentablemente, subvalorada: la capacidad de experimentar plenamente el aburrimiento. Porque la falta de aburrimiento no es humana.

Mi finalidad de fondo es retomar mi cercana amistad con ese viejo amigo incondicional, que tanto me ha dado y al que tan poco he reconocido. Quizás de uno de esos períodos de aburrimiento salga una canción que me deje feliz, orgulloso en el buen sentido. Luego, es posible que utilice una red social para compartir la canción o información relacionada. Eso sí, la utilizaré con responsabilidad y durante poco tiempo. ¡Todo sea para volver a aburrirme!

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