La postergación de la satisfacción

man-making-clay-pot-1102292Imagen de uso libre 

Postergar puede ser positivo cuando implica una decisión activa, relacionada a tomar distancia de algo para poder revisarlo, siempre que se tome en consideración el tiempo de los demás y los compromisos asumidos. En ese caso, la postergación podrá ayudar a ver con nuevos ojos lo que en el momento puede estar distorsionado por mirarse desde demasiado cerca. En otros campos de la vida, sin embargo, postergar resulta ser una pésima idea.

Cuando tiene que ver con el bienestar asociado al trabajo realizado, el dejar para más tarde la sensación de satisfacción, y hacerla dependiente del resultado, puede ser esclavizante. Nadie que se dedique a crear debería postergar la afirmación de su valía personal a cuando haya completado el trabajo o a cuando el valor asignado por otros a su obra sea difundido. El maravilloso impulso de crear no debería surgir a partir de la necesidad de ser validado. La obra no es el precio que hay que pagar para sentirse en paz.

Esto, evidentemente, no aplica únicamente a quienes trabajan en ámbitos artísticos: en trabajos de oficina uno debe recordar que la satisfacción por haber hecho las pequeñas cosas bien cada día, no debería estar sujeta a la realización e implementación perfecta de un proyecto que, muchas veces, no depende de uno.

He identificado una forma de éxito a mi alrededor que, en este mundo de publicidad hasta el hartazgo, a veces pasa desapercibido. Y es el brillo de gratitud en los ojos de quienes tienen suficiente. Algunos – quienes defienden la perpetua búsqueda de la acumulación – lo llaman conformismo. Discrepo con ellos en el sentido negativo del término “conformismo”: no hay nada intrínsecamente negativo en conformarse. Y además, no lleva implícito el no mirar hacia adelante. El Diccionario de la Lengua Española define conformismo de la siguiente manera: “Práctica de quien fácilmente se adapta a cualquier circunstancia de carácter público o privado“.

Tomando en cuenta dicha definición, conformarse es una virtud basada en la adaptación a cualquier circunstancia. Y vale recordar lo siguiente: hay quienes se adaptan y no buscan tener más, porque han hallado el contentamiento con lo que tienen. Esto puede ser contra-cultural, pero es válido. No obstante, existe otra opción: tener una visión clara de lo que se quiere hacer, buscar conseguir un resultado determinado orientado hacia el futuro y, al mismo tiempo, tener la capacidad de decir “gracias, hoy tengo suficiente”. Más allá de los mitos y las falsas dicotomías (“o eres conformista o eres ambicioso”), el conformismo y la sana ambición son buenas amigas y pueden caminar juntas.

Es inútil postergar la satisfacción de las pequeñas cosas hechas hoy. El futuro podrá traer una gran satisfacción, a causa de la fidelidad diaria a las pequeñas cosas. Pero siempre serán las pequeñas cosas las que constituirán el sustento de un gozo basado en la suficiencia y el agradecimiento.

Como músico, no necesito llegar a Wembley como telonero de los Foo Fighters para recién sentirme satisfecho. Tengo mi guitarra. Tengo un espacio para tocar y cantar. Tengo una canción por trabajar. Por lo tanto, tengo suficiente. Doy las gracias y sigo adelante.

 

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