El arte de tener una segunda profesión

Sarony,_Napoleon_(1821-1896)_-_Trollope,_Anthony_(1815-1882)

La página de Wikipedia del escritor inglés Anthony Trollope (1815-1882) dice lo siguiente:

“(…) fue uno de los novelistas más exitosos, prolíficos y respetados de la época victoriana (…) Trollope ha sido siempre un novelista popular. Han sido aficionados a sus novelas Sir Alec Guinness (quien nunca viajaba sin una novela de Trollope), el ex primer ministro británico Sir John Major, el economista John Kenneth Galbraith, la popular escritora estadounidense de misterio Sue Grafton y el guionista y dramaturgo Harding Lemay (…) Sir Ifor Evans señala que, durante los bombardeos sobre Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, las novelas de Trollope eran la lectura favorita de un gran número de personas”.

Tal clase de descripciones sobre el genio de Trollope, además de la lista que contiene la totalidad de libros que escribió en su vida, permitirían asumir que su dedicación a la actividad de escribir tendría que haber sido su única profesión, consumiendo la mayor parte de su día. No obstante, Trollope era un hombre que tenía un trabajo común en la Oficina de Correos Británica. Esta última profesión fue la que pagó durante mucho tiempo las cuentas de su casa.

No obstante, lejos de tomarlo como un simple pasatiempo, Anthony Trollope siempre consideró el escribir novelas una segunda profesión. Y esta segunda profesión la tomó con un profesionalismo digno de imitar para quienes también hemos decidido tener dos profesiones: una que paga las cuentas y otra que nuestra naturaleza y nuestro corazón nos demandan realizar (y que quizás algún día podamos convertir en nuestra principal fuente de ingresos). El siguiente pasaje evidencia la virtud y disciplina que Trollope tenía respecto de su segunda carrera:

“Era febrero, y el tiempo era miserable; pero aun así hice mi trabajo. Labor omnia vincit improbus. No digo que a todos los hombres se les haya dado la fuerza física suficiente para un esfuerzo como este, pero creo que el esfuerzo real permitirá a la mayoría de los hombres trabajar en casi cualquier época del año. Previamente había dispuesto un sistema de trabajo de tareas para mí mismo, que recomendaría encarecidamente a aquellos que sienten como lo he sentido: que el trabajo, cuando no es absolutamente obligatorio por las circunstancias de la hora, nunca debe permitirse que se convierta en espasmódico. No había ningún día en el que fuera mi deber escribir para los editores, ya que era mi deber escribir informes para la Oficina de Correos. Estaba libre para estar inactivo si lo deseaba. Pero como había decidido emprender esta segunda profesión, me pareció conveniente obligarme a cumplir ciertas leyes auto-impuestas.

Alrededor del mundo artístico es muy usual creer que implementar algo de disciplina diaria corta las alas de la espontaneidad. A veces pareciera asumirse que la actitud del presunto genio consiste en permanecer en la sigilosa espera de la mágica aparición de una musa. Sin embargo, muchos de los grandes artistas de la historia han sido personas disciplinadas y comprometidas con su trabajo de manera diaria. Como bien dijo Picasso: “La inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando”. Que la espontaneidad y el trabajo programado sean incompatibles es sencillamente un mito.

Existen tantos sistemas y métodos para trabajar diariamente como personas que los utilizan; sin embargo, en el libro antes citado, Trollope nos comparte el sistema que empleaba para medir lo escrito diariamente:

Cuando he comenzado un nuevo libro, siempre he preparado un diario, dividido en semanas, y lo he mantenido durante el período que me he permitido para completar el trabajo. En este he ingresado, día a día, el número de páginas que he escrito, de modo que si durante uno o dos días me he perdido en la ociosidad, el registro de esa ociosidad ha estado allí, mirándome a la cara y exigiendo de mí un mayor trabajo, para que la deficiencia pueda ser suplida. De acuerdo con las circunstancias de la época, si mi otro negocio podría ser pesado o ligero, o si el libro que estaba escribiendo era o no era requerido con rapidez, me he asignado tantas páginas a la semana. El número promedio ha sido alrededor de 40. Se ha colocado tan bajo como 20, y se ha elevado a 112. Y como una página es un término ambiguo, mi página contiene 250 palabras; y como las palabras, si no se observan, tendrán una tendencia a rezagarse, he tenido cada palabra contada a medida que avanzaba. En las ofertas que he hecho con los editores que tengo (…) me he limitado a proporcionarles tantas palabras, y nunca he puesto un libro por debajo de ese número por una sola palabra. También puedo decir que el exceso ha sido muy pequeño. Me enorgullezco de completar mi trabajo exactamente dentro de las dimensiones propuestas.

Algunos pueden hallar la rigurosidad de Trollope algo descabellada, pero fue aquella la que lo llevó a ser el gran escritor reconocido que hoy es. Viviendo como vivimos, en un tiempo de distracción constante en el que todo debe divertirnos o darnos cierta gratificación inmediata, las palabras “disciplina” y “reglas” pueden parecernos contrarias a lo que venimos malinterpretando como libertad y que podría no ser más que una tiranía de malos hábitos que nos termina jugando en contra.

No obstante, en el caso de Trollope, disciplina, reglas y libertad van de la mano. Debemos considerar que éste había decidido emprender esta segunda profesión, como él mismo señaló. Es decir, ejerció la libertad de decidir dedicarse a escribir novelas, posiblemente a partir de una vocación profunda. Y fue a partir de esa manifestación de voluntad que le pareció conveniente obligarse a cumplir ciertas leyes auto-impuestas, a fin de realizar de forma consistente esa actividad que le dio sentido a su vida y que lo llevó, no solo a ser un grandísimo escritor, sino también un trabajador ejemplar.

La disciplina no tiene por qué ser una carga, y esto lo saben quienes experimentan amor por las actividades realizadas, esas que mientras más haces, más ganas sientes de seguir haciendo. Sin embargo, la disciplina que obedece a nuestros propios planes también nos obliga a hacer a un lado esos caprichos inmediatos que pueden y suelen surgir, para reconducirnos y alimentar nuestros objetivos de largo aliento. En esa línea, Trollope habla sobre el poder de la acción diaria, capaz de vencer cualquier brote esporádico de creatividad:

Nada es tan potente como una ley que no puede ser desobedecida. Tiene la fuerza de la gota de agua que ahueca la piedra. Una pequeña tarea diaria, si es realmente diaria, vencerá las labores de un Hércules espasmódico. Es la tortuga la que siempre atrapa a la liebre. La liebre no tiene oportunidad. Pierde más tiempo en glorificarse a sí misma por un brote rápido, de lo que es suficiente para que la tortuga haga la mitad de su viaje.

Estas pequeñas acciones pueden generar grandes resultados a largo plazo, pero sobre todo, permiten experimentar una dosis diaria de ese profundo sentido que otorga el hacer algo por la recompensa intrínseca de la actividad misma.

Habiendo decidido hacer de la música mi segunda profesión, mi admiración por la ética de trabajo de Trollope es inevitable. Mi intención profesional dentro de la música consiste en generar una estructura que favorezca la espontaneidad y la creatividad, en la que las palabras y las notan musicales fluyan de manera constante. Dentro de esa estructura mi objetivo no solo es crear, sino también mejorar. Por ello, también son necesarios los períodos de práctica deliberada, esa que puede no ser tan agradable porque exige el máximo esfuerzo para estirar la capacidad adquirida hasta ese momento.

La verdad es que me siento agradecido por la posibilidad de hacer música y ese agradecimiento se manifiesta en mi necesidad de establecer reglas para mí mismo. Mi conclusión es que programar en un calendario la visita de las musas no las aniquila, sino todo lo contrario: las invita a venir más seguido.

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