La tiranía de la inmediatez

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Un buen amigo y yo tomábamos unas cervezas después de una jornada laboral un viernes por la tarde cuando, en una actitud objetivamente irracional pero absolutamente comprensible para este tiempo, tomé el teléfono y empecé a comunicarme a través del WhatsApp con otras personas. Mi amigo lo notó y dijo ambiguamente: “ten cuidado con las redes sociales”. Yo respondí con cierto orgullo: “ya no uso Facebook e Instagram en el celular y no entro hace casi 1 mes”. Su respuesta fue sencilla y contundente: “el Whatsapp es una red social”.

Tal como escribí previamente, como parte de un experimento de minimalismo digital decidí sacar de mi teléfono móvil dos aplicaciones que me ofrecen entretenimiento de baja calidad: Facebook e Instagram. No mencioné Twitter porque nunca he utilizado su servicio. Si bien reconocí que esas herramientas me ofrecen cierto tipo de beneficio para difundir mi labor como músico, también señalé que pueden ser perjudiciales para mi concentración. Considerando que tengo un trabajo de oficina, debo ser bastante claro sobre qué quiero hacer con mi tiempo.

Analizando los resultados del experimento realizado, debo decir que el no estar expuesto a grandes cantidades de información irrelevante ha sido muy positivo. El impulso de saber lo que pasa o no pasa en redes ya no me genera nada y no extraño en absoluto el desperdiciar mi tiempo en ellas. Sin embargo, debo reconocer que, si bien la ausencia de interés por las redes sociales ha favorecido que profundice mi tiempo en actividades que me generan gran satisfacción -como mejorar mi “blues” en la guitarra-, también ha significado que reemplace algo de mi tiempo de uso de esas redes en otra aplicación que también puede generar pérdidas masivas de tiempo: el afamado “Whatsapp”.

Debo hacer una aclaración: no considero que cualquier actividad que no proporcione un resultado concreto sea una pérdida de tiempo. Conversar frente a frente con amigos sobre cualquier clase de tontería y sin interrupciones virtuales es una de las cosas que más disfruto. Es justamente por el disfrute de esas actividades que tengo cada vez más la sensación de que las conversaciones por mensajería instantánea no están ni cerca de reemplazar el contacto humano.

Sin embargo, he caído en cuenta que la utilización automática de la mensajería instantánea es un práctica común aceptada para toda clase de ámbitos, siendo plausible presumir que existe una falta de cuestionamiento al respecto. Y si bien puede ser que su utilización habitual sea necesaria para realizar de manera efectiva labores de coordinación, fuera de dicha necesidad, su utilización puede ser compulsiva y perjudicial.

Gran cantidad de gente cree que es una obligación mirar el teléfono cada 10 minutos para poder así responder a demandas de cualquier persona y de todo tipo (que en algunos casos no son ni interesantes, ni urgentes ni importantes). Existe, entonces, una suerte de expectativa relacionada a la siempre vigente disponibilidad de las personas que utilizan la mensajería instantánea, en base a la disposición propia de aceptar ser constantemente interrumpido. Esto es un síntoma claro de que existe una tiranía de la inmediatez insertada a la que hay que hacer frente.

En lo que se refiere a trabajos que requieren largos períodos de concentración la cuestión puede resultar paradójica: por un lado podrían exigirte que pases la mayor parte del tiempo concentrado y, por otro, pedirte que estés revisando constantemente el teléfono para verificar si existe una urgencia. Esta clase de demandas se da en entornos en los que se sigue creyendo en el mito del “multitasking”. Sin embargo, se sabe que no se puede hacer dos cosas a la vez y que lo que sucede cuando se intenta es directamente proporcional a cambiar de canal una y otra vez entre las dos actividades, generando un residuo de atención que favorece el desempeño mediocre.

Esta disponibilidad inmediata, entonces, por más que da una apariencia de responsabilidad y ocupación, únicamente sirve para fragmentar la atención, favoreciendo la distracción constante. Y hoy es común en mucha gente pasarse el día muy ocupada y terminar haciendo nada.

Al darme cuenta de mis hábitos adictivos al utilizar esta red, creo que ha llegado el tiempo de formularme pequeñas preguntas, a fin de re-definir mi relación con la mensajería instantánea:

  1. ¿Cuántas de mis conversaciones son provechosas?
  2. ¿Cuántas de mis conversaciones son realmente necesarias?
  3. ¿Cuántas de mis conversaciones únicamente me distraen de lo que quisiera estar haciendo?

Si tienes alguna interrogante y quieres unirte a la conversación, eres bienvenida/o.

 

 

* Photo by ROBIN WORRALL on Unsplash

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