El poder de la actitud

Bus limo (2)

Corría el año 1995 cuando Daniel Goleman, psicólogo y periodista estadounidense, publicó un libro que fue fruto de una larga y exhaustiva investigación, titulado “La Inteligencia Emocional“. Si bien todavía me encuentro inmerso en las páginas del mismo, como para andar sacando conclusiones generales, quiero compartir una historia contada por el autor en la introducción de dicho libro, la cual se me ha quedado grabada y creo que es porque ilustra el impacto que pueden tener pequeños detalles en la interacción con las demás personas.

La historia está traducida de la siguiente forma:

Era una tarde de agosto insoportablemente húmeda en la ciudad de Nueva York, el tipo de tarde húmeda que hace que la gente esté de mal humor. Yo regresaba al hotel y al subir al autobús que me llevaba a Madison Avenue me sorprendió oír que el conductor – un negro de mediana edad – me saludaba con un cordial “¡Hola! ¿Cómo le va?”, saludo que ofrecía a todo el que subía mientras el autobús se deslizaba entre el denso tránsito del centro de la ciudad. Todos los pasajeros estaban tan sorprendidos como yo y, atrapados en el clima taciturno favorecido por el día, pocos respondieron el saludo.

Pero mientras el autobús avanzaba lentamente calle arriba se produjo una transformación lenta, casi mágica. El conductor ofreció a los pasajeros un ágil monólogo, un animado comentario sobre los escenarios que se sucedían ante nosotros: había una liquidación increíble en esa tienda, una exposición maravillosa en ese museo, ¿alguien había oído hablar de la nueva película que acababan de poner en el cine de la otra manzana? El deleite que sentía ante las variadas posibilidades que brindaba la ciudad resultó contagioso. Cuando los pasajeros bajaban del autobús, lo hacían despojados del caparazón de mal humor con que habían subido; y cuando el conductor gritaba un “Hasta pronto, que tenga un buen día!”, cada uno respondía con una sonrisa.

El recuerdo de ese encuentro me acompañó durante casi veinte años (…)

Posteriormente, Goleman se refirió al conductor como un “pacificador urbano”, formidable por su capacidad para transformar la hosca irritabilidad que acumuluban sus pasajeros, y suavizar y abrir sus corazones.

Si el recuerdo de aquel buen hombre sigue acompañando a Goleman durante tantos años es porque está claro que fue una situación no habitual. El tipo de persona que contagia tal clase de positividad suele brillar por su ausencia, lo cual quizás signifique que la gran mayoría de nosotros asumimos la postura pasiva, esperando toparnos con brillantes seres humanos que nos contagien su buena actitud, en vez de decidir ser los sujetos activos de la historia, titánica tarea que empezará por sacarse el confort que representa jugar a ser la víctima de las pequeñas injusticias cotidianas y que nos otorga el hoy supremo derecho a quejarnos.

Conociendo a la perfección la dificultad de llevar las teorías más deseables a la práctica, estoy convencido de que la tarea es ardua; sin embargo, en una sociedad tan violenta y polarizada, el más grande acto de subversión será convertirse en un verdadero pacificador.

Finalmente, esta historia nos deja algo adicional que, personalmente, he podido corroborar en mi experiencia: creer que es necesario tener un trabajo que represente estatus, poder y mucho dinero para ser feliz es un triste mito. Ello no significa que tener un trabajo que incluya todas esas condiciones signifique la negación de la felicidad. Pero si se logra vivir una vida bien vivida no será a causa de las posiciones o posesiones. El chofer de esta historia es un ejemplo de ello, además de ser un gran ejemplo.