Aburrimiento, viejo amigo

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Imagen de uso libre 

Existe evidencia irrefutable sobre la adicción que incitan las redes sociales. Si no me creen, pueden revisar el trabajo de tres personajes importantes del mundo de la tecnología, quienes conocen desde dentro las artimañas utilizadas por los imperios lucrativos de esta era de la economía de la atención: Tristan Harris, Cal Newport y Jaron Lanier.

Lo preocupante de este mar de fotos, textos y vídeos es que posiblemente esté ahogando al aburrimiento, viejo amigo nuestro y componente necesario para la creatividad. Porque está bastante claro nuestro condicionamiento pavloviano de moda: supongamos que vemos a una persona que no está haciendo nada en específico. Esta persona, que puede estar sentada en una sala de espera, en la banca de un parque o incluso estar parada en la cola del supermercado, tiene el teléfono en su cartera o bolsillo. Si apostamos que no pasan 2 minutos hasta que esté mirando su pantalla portátil lo más probable hoy es que ganemos la apuesta. Es probable que en algunas ocasiones yo mismo también sea esa persona.

Ahora, si bien es cierto que gran parte del contenido de redes sociales está hecho por gente que ruega constantemente por notoriedad, existe contenido interesante y provechoso. En mi caso, he podido conocer músicos, escritores y artistas que tienen algo interesante que decir. Además, como músico, me ha permitido compartir mi trabajo y el material dedicado a difundir mis conciertos. 

Pero más allá del contenido, lo que me intenta tratar aquí es la forma de utilización. Cualquier persona honesta te dirá que le resulta casi imposible utilizar estas aplicaciones en su teléfono móvil con un propósito claro o por un tiempo determinado. Incluso si el propósito claro es un momento de diversión o distensión, muchos son los casos en los que el uso se extiende hasta límites imprevistos. Gracias a sus millonarias inversiones, estas corporaciones nos saben pulsar los botones precisos para dejarnos enganchados por horas.

La perpetua disponibilidad de la conexión y el contenido siempre fresco y nuevo no deberían ser justificación suficiente para pasar horas enfrascados en un túnel digital, bajo la etiqueta de “utilización libre”. Sé por experiencia propia que una acción “libre” puede no ser tal, sino constituir una justificación barata para la impulsiva búsqueda de gratificación instantánea. Tampoco creo en falsos dilemas donde no los hay: “o usas las redes sociales “libremente” o no las usas en absoluto”. Porque como dije anteriormente, no soy partidario, al menos por ahora, del abandono total de las redes: pienso que si uno es cuidadoso (bastante cuidadoso, en realidad) sí puede extraer cierto valor de ellas sin tener que asumir los pasivos. La cuestión para mí está en la forma.

No pretendo ser rígido; acepto plenamente mi condición imperfecta y supongo que habrá momentos en los que caeré durante más tiempo del que quiero en una de estas redes. Espero, sin embargo, que sean pocos, porque tengo la voluntad de ser disciplinado al utilizarlas. Y esto es porque me he dado cuenta que su necesidad diaria es un invento poco sofisticado y, sobre todo, porque prefiero estar haciendo cosas más provechosas que deslizar mi dedo en un tronco digital.

No faltará quien diga que la disciplina es para gente rígida y la libertad es para gente con alas, personas especiales de nacimiento muy creativas y locas, predestinadas para volar. Todo bien con el cuento, salvo que este es falso. En mi diccionario, quien hace todo el tiempo “lo que quiere” no está en la definición de “libre”, sino de “caprichoso”. 

Ser disciplinado no equivale a volverse un robot, como algunos creen. La disciplina, cuando proviene de la verdadera voluntad, va de la mano con la libertad. Pero si realmente se quiere hablar de robots, un mucho mejor ejemplo serían aquellos seres “libres” que no se separan nunca de sus pantallas. Rompiendo con todos los antecedentes de la cadena evolutiva, estas personas están aniquilando una experiencia humana trascendental y, lamentablemente, subvalorada: la capacidad de experimentar plenamente el aburrimiento. Porque la falta de aburrimiento no es humana.

Mi finalidad de fondo es retomar mi cercana amistad con ese viejo amigo incondicional, que tanto me ha dado y al que tan poco he reconocido. Quizás de uno de esos períodos de aburrimiento salga una canción que me deje feliz, orgulloso en el buen sentido. Luego, es posible que utilice una red social para compartir la canción o información relacionada. Eso sí, la utilizaré con responsabilidad y durante poco tiempo. ¡Todo sea para volver a aburrirme!

#ProyectoEP. La historia se desenvolverá (2.ª parte)

Tal como mencioné el martes pasado, he decidido crear un EP de cinco canciones. Esta semana que pasó pensé un poco en la forma en que quería construirlo. Si bien primero tenía la idea de elaborar una historia para, a partir de ahí, construir las cinco canciones, he decidido que prefiero que la historia de desenvuelva sola. Voy a jugar con sonidos y no voy a limitar lo que vaya saliendo.

A veces es interesante partir la construcción de un grupo de canciones con una idea  general de aquello sobre lo que se quiere escribir. Otras veces contar la historia es necesario. Otras veces las canciones son, cada una, una historia propia y, así, un disco se convierte en una colección de historias, tal como lo fue el “Atrapar el Viento“, mi primer disco. Esta vez, sin embargo, mi decisión es dejar que la historia vaya creándose y los sonidos vayan surgiendo libremente.

Tengo, por supuesto, ciertos parámetros: no pretendo satisfacer a una audiencia específica ni pretendo escribir sobre temáticas que están de moda. Haré un trabajo artístico íntegro y honesto y en un tiempo determinado. No quiero tardarme un siglo, así que sin la necesidad de dañar mi proceso creativo con la imposición de un rígido horario, quiero tenerlo terminado antes que finalice abril.

En resumen, y tomando las palabras del fantástico Trent Reznor,  quiero “hacer el mejor trabajo que pueda y hacerlo con integridad, y luego no puedo controlar cómo se van a sentir al respecto o que van a pensar o cómo voy a ser representado por ello”.

Mi única meta es hacer un EP de 5 canciones. No tengo idea de donde me va a llevar ello. El próximo martes iré actualizando lo que vaya surgiendo.

La virtud de ser un amateur

Apretar los dientes, marcar calendarios y forzarse a producir. Esto es lo que hace a un profesional, a diferencia del amateur. Pero yo prefiero ser amateur.

Redefiniendo al amateur

La palabra francesa “amateur” hoy se utiliza para hacer referencia a una persona que se dedica a una actividad de una forma inexperta o a nivel de aficionado, contraponiéndose al significado de “profesional”. No obstante, su etimología dice otra cosa: amateur significa “amador” o “el que ama”. El sentido en que, hace varios siglos, se utilizaba dicha palabra describía a una persona que amaba o sentía devoción por una actividad particular.

Esta última definición es importante porque no está en función ni de la preparación, ni de la destreza del sujeto, así como tampoco del resultado que obtiene fruto de su actividad. Si un profesional con mucha preparación tiene “éxito”, pero su disposición interna está orientada a la entrega total a la actividad que realiza y siente amor por ella, entonces bien se podría decir que tal profesional es, al mismo tiempo, un amateur. La condición de amateur no tiene nada que ver con otra cosa que no sea el amor que impulsa al sujeto a sumergirse en su actividad.

No puedo ni quiero negar que la idea de realizar la actividad aún cuando no se tienen las ganas es buena, porque es importante aparecer si realmente se quiere producir algo de valor. Además, como en todo amor, la actividad amada podría proporcionar ciertos conflictos, de vez en cuando, sin que ello signifique el fin del amor. Incluso, puede que lo haga crecer y lo fortalezca.

Requisitos para ser un amateur

Los requisitos para portar el estatus de “profesional” tienen que ver con la experiencia y los programas curriculares. Y por ello, cualquier persona, siempre que cuente con los medios necesarios, podrá convertirse en profesional. Si además desarrolla destrezas y conocimiento es posible que alcance un nivel de aquello que el mundo denomina “éxito”. Sin embargo, discrepando con lo que se suele enseñar en este tiempo, pienso que ser canónicamente “exitoso” no tendría que ser el fin más alto al que aspirar en la vida.

Por el contrario, lo que te da el carácter de amateur es una disposición interna mucho más difícil de conseguir que un cartón. Y digo difícil no porque piense que esto se resuelva con una introspección que permita saber cual es la afamada “actividad para la que naciste” y sencillamente dedicarte a hacerla. Sino, porque un amateur es también alguien capaz de aprender a amar una actividad. Hacer lo que ama le resulta sencillo. Pero también puede ir más allá y aprender a amar lo que hace.

La acción que emana del amor siempre resultará más poderosa que una disciplina férrea, cuasi militar. Nada puede la imposición contra la experiencia de gracia que se ve representada por la inmersión total en el hacer. Que el espíritu amateur llegue incluso a aquellas pequeñas cosas cotidianas y lo impregne todo, si es posible. Porque nada malo puede surgir de una vida que se vive amando.

#ProyectoEP. Definir qué hacer (1.ª parte)

Si Dios quiere, durante el transcurso de este año tendré algo de presupuesto como para grabar un EP sencillo de 5 canciones. Un EP es, para quienes no están familiarizados con el término, un disco de pocas canciones. Por el momento tengo una duda relacionada a si la canción que estoy por lanzar debe formar parte del pequeño disco o si, al igual que “Emerger”, la dejo fuera y la mantengo sencillamente como un single.

Me doy un plazo de una semana para definir qué quiero hacer con ese EP. Voy a aprovechar para pensar consciente y difusamente y luego decidiré qué es lo que realmente quiero hacer. Continuaré este post el próximo martes, cuando haya definido cual es mi siguiente pequeño paso musical. Voy a pensar no solo en lo que quiero lograr, sino también en la forma en que abordaré este trabajo. Tengo una pequeña colección de canciones y parte de lo que debo definir es si voy a guardarlas y componer desde cero.

Espero que en un tiempo no tan lejano mis queridos oyentes tengan el fruto de esta idea  en sus plataformas preferidas.

Hallar el propio lenguaje

Si sumamos nuestras influencias, historias, sensibilidades, cualidades innatas y algunos otros elementos, podríamos encontrar un lenguaje propio. Este lenguaje, por la misma naturaleza dinámica del aprendizaje, estará en constante evolución.

Hay quienes predican el evangelio de encontrarse a uno mismo. Por otro lado, están los que dicen que uno debe crearse a sí mismo. Y estamos también quienes preferimos abrazar la paradoja y creer que ambas cosas van de la mano. Quizás encontrarse a uno mismo tiene que ver con crearse y crecer, al tiempo que se abrazan ciertos principios inamovibles. Conviene recordar a Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia, quien dijo hace muchos años que uno puede convertirse en escultor de su propio cerebro.

En 2019, David Epstein publicó un libro titulado “Range“, cuya tesis central, basada en una colección de estudios científicos, defiende la idea de ser un “generalista”, por contraposición al “especialista”. En el ámbito laboral, es usual que se recomiende a los jóvenes especializarse y mejor cuanto antes. Epstein presenta evidencia  que contradice esa noción y que resulta favorable para los generalistas, aquellos que a partir de su amplia visión, fruto de sus diversos intereses, logran triunfar en un mundo especializado. El autor demuestra que, en muchos casos, cambiar de carrera o especializarse tarde puede ser beneficioso a largo plazo.

Uno de los puntos resaltantes del libro presenta un desafío a la popular y automáticamente aceptada noción que dice que para conocerse a uno mismo, uno debe tomar un test vocacional o pasar un buen tiempo de introspección. No funciona así, dice Epstein. Para entender mejor las fortalezas, debilidades e intereses se hace preciso experimentar, probar cosas nuevas. En otras palabras, uno aprende quien es en la práctica.

En la música funciona igual: mientras más tiempo se experimenta, sea con nuevos instrumentos, pedales, géneros musicales o formas de tocar, más posibilidades existen de conectar con un sonido que se sienta propio. Aunque la reflexión posterior es importante, es dudoso pensar que la introspección por sí sola, puede llevar a alguien a encontrar su propio sonido. La acción y la reflexión constituirán el aprendizaje.

Sin embargo, me gustaría ir más allá del sonido. Porque si bien hallar un lenguaje propio es algo muy ligado a las tareas artísticas o creativas, hallar un lenguaje propio para vivir una vida bien vivida es una meta no solo mucho más atractiva, sino importante. Puedes estar seguro de que la música fluirá bien a partir de ahí. Dicen, aunque suene a cliché, que “la forma en que haces una cosa, es como haces todas las cosas”. De una vida que emana un lenguaje propio, el sonido musical auténtico fluirá naturalmente, sin presiones de ninguna clase.

Sobre audiencias y canciones

Las audiencias

Ser igual a todo el mundo para asegurarse una audiencia. O ser uno mismo y caminar libre, aunque sea solo. O, como dijo un amigo, ser o ser otro.

Esto de la música (de vivir, en realidad) presenta muchas veces esta clase de dilemas. Hay excepciones, por supuesto: gente que, pese a pretender parecerse a todo el mundo, no llega nunca a tener audiencia. Y otra que, caminando sola y libre, llega a tener una audiencia fiel y diversa. Esta última opción es, para mí, la más deseable. No obstante, suponiendo que las primeras fueran las únicas dos opciones, preferiría siempre la segunda.

Las canciones

Más allá de las luces, las fotos editadas para obtener likes en Instagram, los hashtags de moda y las nuevos hábitos de la nueva gente, hay un espacio sagrado en el que las canciones honestas salen sin otra agenda que decir lo suyo. Es ahí donde el músico es músico y no cuando está compartiendo todo lo que hace en su túnel digital.

Cantar es, en sí mismo, una manifestación de gracia. Poder cantar lo propio es un milagro. Alguna vez Bob Dylan dijo que el mundo no necesita más canciones: hay suficientes. “A menos que alguien venga con un corazón puro y tenga algo que decir“, también dijo. Y es que, como diría Anthony Trollope sobre los escritores, no es lo mismo “tener algo que decir” que “tener que decir algo”.

Muchas de las canciones repetitivas que suenan hoy, constituyen, para sus autores o para las empresas que están detrás, un medio para obtener fama, dinero, reconocimiento o validación. Por contraste, las verdaderas canciones – esas que brotan del fondo de los corazones puros – no tienen una agenda determinada: son un fin en sí mismo. Y a veces, como si fuera poco, generan un milagro adicional: voces genuinas resuenan al unísono juntas en un concierto. Momento sagrado.

 

 

El cambio que deseas ver

“Sé el cambio que deseas ver en el mundo” – Mahatma Gandhi

La interpretación de un hecho dice más de quien interpreta, que del hecho en sí mismo. La siguiente es una historia real que, gracias al cielo, sucedió hace ya algunos años. Voy a contarla en dos versiones distintas:

1. Hace unos años, mi abuelita iba caminando por una avenida grande. Cuando estaba por cruzar la pista, venía un auto que tenía una cuerda suelta. Por culpa de esa cuerda, mi abuelita cayó al suelo y se rompió el brazo. El chofer, en lugar de asistirla, aceleró, huyendo de su responsabilidad. Eso es normal en una ciudad como esta, plagada de gente mala y sin criterio.

2. Hace unos años, mi abuelita iba caminando por una avenida grande. Cuando estaba por cruzar la pista, venía un auto que tenía una cuerda suelta. Por culpa de esa cuerda, mi abuelita cayó al suelo y se rompió el brazo. Si bien el chofer, en lugar de asistirla, huyó de su responsabilidad, mucha gente buena se acercó a asistirla y pudieron trasladarla a un hospital rápidamente. Eso es normal en una ciudad como esta, en la que todavía existen buenas personas.

Las dos versiones de la historia son válidas y contienen elementos objetivamente ciertos, aunque las conclusiones parezcan arbitrarias. Los hechos objetivos que decidamos resaltar de las historias va a decir mucho de nosotros, tanto de lo que pensábamos previamente, como de lo que vayamos a reforzar para una próxima interpretación. Reforzar siempre lo negativo conlleva a la disminución progresiva de la esperanza en la bondad de la gente.

Es necesario, eso sí, un elemento de realidad. No existen ni personas ni ciudades perfectas. Existen ciudades estadísticamente más peligrosas que otras. En Lima, mi ciudad, el nivel de ruido es alto y el respeto a las reglas de convivencia  en determinadas situaciones (tráfico, por ejemplo), parece un lujo inalcanzable. Sin embargo, en medio del tumulto, emergen por ahí esas pequeñas personas cuyos pequeños actos cotidianos, si bien posiblemente jamás lleguen a ser noticia, nos levantan el ánimo y nos devuelven la esperanza en la bondad.

No hay que olvidar que, en lugar de asumir una postura pasiva, uno mismo tiene pequeñas oportunidades cotidianas para convertirse en una de esas personas.

#Libros – enero 2020

He leído tres libros en el mes de enero de este año. Los comparto con ustedes por si están en búsqueda de nuevos libros:

  • Stillnes is the Key” de Ryan Holiday

Podría traducirse como “La Quietud es la Llave”. Está dividido en tres (3) partes: mente, alma y cuerpo. Y por cada una de las partes, el autor expone una serie de prácticas relacionadas a la “quietud” como tranquilidad que, en muchos casos, está ligada a la acción y no a la pasividad. El libro comprende anécdotas de diversos personajes históricos de las que se desprende alguna enseñanza centrada en eso que Holiday llama “stillness”. Debo decir que, pese a que en muchos casos no estuve de acuerdo con la interpretación del autor y me pareció que no terminaba por desarrollar sus ideas, es un libro cuyos pequeños snacks de sabiduría disfruté.

 

  • Yo, Robot” de Isaac Asimov

Hace unos días estuve viendo la lista de libros escritos por Isaac Asimov. Y la cantidad y variedad de temas es propio de un genio único como él. Este libro, que tiene como personaje central a la robo-psicóloga Susan Calvin, está cargado de pequeñas historias futuristas que, en muchos sentidos, podrían considerarse proféticas, tomando en cuenta que el libro fue publicado en 1950 y que muchas de las historias del libro transcurren después de nuestro tiempo actual y hasta la década de los 2050’s. Recomiendo este libro, no sólo porque es entretenido y excéntrico, sino porque expone de manera notable un tema que siempre estará vigente: la ética, en este caso frente a la inteligencia artificial y la tecnología.

 

  • Atomic Habits” de James Clear

Si bien leí la edición en inglés, he podido ver que la traducción al español ya se encuentra en diversas librerías bajo el título “Hábitos Atómicos”. La idea central de este libro es poderosa y provocativa: implementar hábitos tan pequeños que, una vez acumulados, generen resultados notorios. James Clear es un buen contador de historias y, al exponer la ciencia detrás de la formación de hábitos, es sobrio y claro. 

Clear, influenciado por el trabajo de Charles Duhigg en “The Power of Habit”, desarrolla las cuatro (4) fases del hábito: 1) desencadenante; 2) antojo o deseo; 3) respuesta (es la acción en sí misma); y, 4) recompensa. Tomando en consideración dicho marco, su propuesta para formar buenos hábitos tiene que ver con cada una de las fases: 1) hacer el desencadenante obvio; 2) hacer el hábito atractivo; 3) que el hábito sea fácil de desplegar; y, 4) que sea satisfactorio.

El “hacerlo fácil” se asemeja mucho al concepto de “kaizen” que tienen los japoneses: una mejora aparentemente insignificante pero que, acumulada a otras pequeñas mejoras, termina generando un gran efecto. Muchos de los cambios pueden sonar irrelevantes (acción de 2 minutos al día), pero la idea detrás es interesante: para optimizar un hábito, primero hay que tener ese hábito. Y para tener un buen hábito es preciso aparecer de forma consistente todos los días. Esos 2 minutos iniciales pueden convertirse en mucho más tiempo, una vez formado y optimizado el hábito.

Quisiera resaltar un punto que me resultó interesante: la distinción que hace el autor entre estar en movimiento y tomar acción. Estar en movimiento es planificar la semana, leer dos artículos semanales para tener material sobre el cual escribir, leer un libro sobre cómo mejorar la técnica al tocar solos de blues, etc. Tomar acción es sencillamente escribir todos los días, practicar ese solo de blues, o realizar una actividad con plena atención. Resalto este punto porque lo estoy tomando en consideración al escribir este blog. Planificar puede ser positivo, pero como mucha gente, suelo sobre-planificar: quizás porque me da la falsa sensación de estar avanzando, cuando en realidad lo que determinará el avance, a fin de cuentas, es la acción.

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La postergación de la satisfacción

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Postergar puede ser positivo cuando implica una decisión activa, relacionada a tomar distancia de algo para poder revisarlo, siempre que se tome en consideración el tiempo de los demás y los compromisos asumidos. En ese caso, la postergación podrá ayudar a ver con nuevos ojos lo que en el momento puede estar distorsionado por mirarse desde demasiado cerca. En otros campos de la vida, sin embargo, postergar resulta ser una pésima idea.

Cuando tiene que ver con el bienestar asociado al trabajo realizado, el dejar para más tarde la sensación de satisfacción, y hacerla dependiente del resultado, puede ser esclavizante. Nadie que se dedique a crear debería postergar la afirmación de su valía personal a cuando haya completado el trabajo o a cuando el valor asignado por otros a su obra sea difundido. El maravilloso impulso de crear no debería surgir a partir de la necesidad de ser validado. La obra no es el precio que hay que pagar para sentirse en paz.

Esto, evidentemente, no aplica únicamente a quienes trabajan en ámbitos artísticos: en trabajos de oficina uno debe recordar que la satisfacción por haber hecho las pequeñas cosas bien cada día, no debería estar sujeta a la realización e implementación perfecta de un proyecto que, muchas veces, no depende de uno.

He identificado una forma de éxito a mi alrededor que, en este mundo de publicidad hasta el hartazgo, a veces pasa desapercibido. Y es el brillo de gratitud en los ojos de quienes tienen suficiente. Algunos – quienes defienden la perpetua búsqueda de la acumulación – lo llaman conformismo. Discrepo con ellos en el sentido negativo del término “conformismo”: no hay nada intrínsecamente negativo en conformarse. Y además, no lleva implícito el no mirar hacia adelante. El Diccionario de la Lengua Española define conformismo de la siguiente manera: “Práctica de quien fácilmente se adapta a cualquier circunstancia de carácter público o privado“.

Tomando en cuenta dicha definición, conformarse es una virtud basada en la adaptación a cualquier circunstancia. Y vale recordar lo siguiente: hay quienes se adaptan y no buscan tener más, porque han hallado el contentamiento con lo que tienen. Esto puede ser contra-cultural, pero es válido. No obstante, existe otra opción: tener una visión clara de lo que se quiere hacer, buscar conseguir un resultado determinado orientado hacia el futuro y, al mismo tiempo, tener la capacidad de decir “gracias, hoy tengo suficiente”. Más allá de los mitos y las falsas dicotomías (“o eres conformista o eres ambicioso”), el conformismo y la sana ambición son buenas amigas y pueden caminar juntas.

Es inútil postergar la satisfacción de las pequeñas cosas hechas hoy. El futuro podrá traer una gran satisfacción, a causa de la fidelidad diaria a las pequeñas cosas. Pero siempre serán las pequeñas cosas las que constituirán el sustento de un gozo basado en la suficiencia y el agradecimiento.

Como músico, no necesito llegar a Wembley como telonero de los Foo Fighters para recién sentirme satisfecho. Tengo mi guitarra. Tengo un espacio para tocar y cantar. Tengo una canción por trabajar. Por lo tanto, tengo suficiente. Doy las gracias y sigo adelante.

 

30 poemas en 30 días

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Hacía tiempo quería escribir poemas libres, es decir, sin una estructura predeterminada y sin que tengan la obligación de rimar. Esta forma de poesía resuena conmigo y lo confirmé cuando conocí la película Paterson, que ya vi 3 veces. Sin embargo, casi nunca escribía, por presunta falta de tiempo o por no estar en las condiciones perfectas.

Hasta que decidí dejar de engañarme y emprendí un experimento de 30 días. Las condiciones eran claras y sencillas: desde el 2 hasta el 31 de octubre de 2019 tenía que escribir un poema diario, sumando 30 poemas para el fin de mes. Conociendo mi aversión por la rigidez, tanto impuesta como auto-impuesta, decidí que no tendría que haber una hora o un lugar para escribir, siempre que se cumpla con la única condición obligatoria: escribir 1 poema diario. Y así, llegamos al 31 de octubre y he completado mi objetivo: tengo un cuaderno con 30 poemas.

Me siento agradecido por haber plasmado en papel algunas de las cosas que, sin el experimento, aún tendría guardadas. He escrito en diversas condiciones: desde un bote en el Río Morona, en mi cama en Lima, en la plaza de armas de Tarapoto, en mi cama de hotel en Puerto América. Aproveché un viaje que hice a la selva en mi trabajo como servidor público y escribí sobre mis vivencias y mi interpretación de ellas. Creo que escribir de esta forma es una forma interesante de conocerse y descubrirse.

Habiendo leído todos los poemas, debo confesar que estoy más que satisfecho con lo que he escrito. Considero, parafraseando a Sabina, que el traje de poeta me queda enorme: solo he juntado palabras que podrían estar en formato de prosa y las he acomodado al estilo de la poesía de Paterson. Pero me ha gustado y voy a seguir escribiendo. Quizás este año termine coleccionando 90 poemas y por ahí que termino armando un pequeño poemario con los 50 mejores. Eso está por verse.

No obstante, me acompaña también otra forma de satisfacción: la de haberme propuesto un objetivo de 30 días y haberlo cumplido. Lo más importante de este tiempo ha sido, sin duda, el contenido de los poemas y el acto de escribir como fin en sí mismo. Pero no voy a descartar esa otra parte, la de proponerse algo y cumplirlo.

Lo que viene ahora es un noviembre de más aprendizaje. Al tiempo que sigo escribiendo estos poemas, he decidido emprender un nuevo experimento de 30 días, relacionado a un estilo de vida saludable. Pronto iré detallando los avances de este nuevo proyecto, cuyas condiciones también traté de simplificar, a fin de tener claridad sobre lo que debo hacer.

¿Por qué experimentos de 30 días? Porque me gusta trabajar en algo nuevo, dar rienda suelta a la curiosidad y experimentar con algunos de mis intereses. Me motiva moverme y aprender. Mi vida como músico, abogado y mis otros intereses forman parte de una sola vida integrada, en la que todo suma. Y en mi visión confluyen dos cosas: la aceptación y agradecimiento por estar donde estoy, viviendo en el presente, y las ganas constantes de aprender y mejorar.

Te recomiendo estos experimentos de 30 días, sea cuales sean tus intereses personales. Es una forma interesante de darle espacio a alguna parte de nuestra vida que queramos impulsar, sin alarmar a nuestra mente con un cambio dramático o largo. Únicamente se trata de una acumulación de pequeños actos durante 30 días. Y si quieres seguir luego de ello, se hará más fácil, porque habrás aprendido a disfrutar el proceso, además de notar los resultados.

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