Tendrás que trabajar, pero eso es bueno

Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ningún día de tu vida” es uno de los eslóganes más utilizados por una generación que parece demandarle a la vida que todo sea divertido y se pueda conseguir sin mucho esfuerzo. Quizás sin quererlo, esta suerte de filosofía, convertida en un ideal supremo de nuestro tiempo, perjudica la grandeza de la que es capaz el espíritu humano cuando, con esfuerzo y trabajo, va en pos de un objetivo.

Sobre el “elegir un trabajo que te guste” se ha escrito ya mucho. Uno de los mitos más extendidos en el mundo de hoy es que uno debe conseguir un trabajo que esté relacionado a una pasión pre-existente para poder ser feliz. “Sigue tu pasión y serás feliz“. “Si tu trabajo no es tu pasión no vas a ser feliz hasta que te animes a seguir tu pasión“. Esto, que suena tan bonito, resulta ser falso. Las condiciones que hacen una vida laboral satisfactoria tienen que ver mucho más con el volverse competente y con la visión que uno tenga de su trabajo, y menos con el puesto de trabajo en sí mismo. “Desarrolla una pasión por lo que haces” es mejor consejo que “sigue tu pasión”.

Además, es probable que cuando el “vivir de la pasión” se ponga difícil, mucha gente abandone no sólo el sueño de vivir de esa pasión, sino sus esperanzas de ser feliz, tan ancladas a ese mito.

La parte final de la frase, sin embargo, es la que resulta más sorprendente. Si haces lo que te gusta “no tendrás que trabajar ningún día de tu vida“. Esta mentira es descarada: uno puede divertirse en el trabajo, amar lo que hace y estar motivado todos los días y, sin embargo, ello nunca será sinónimo de “no trabajar”. Si uno quiere volverse un profesional o experto costará esfuerzo y dedicación, algo que, en muchas ocasiones, podría no ser tan placentero (y está bien que no lo sea).

En todas las profesiones y oficios existen personas excepcionales que sobresalen haciendo un trabajo extraordinario y esto es así gracias a su esfuerzo y a que valoran las cosas bien hechas. Desde el músico que practica incontables horas, pasando por el artesano que pone toda su atención en aprender a construir verdaderas obras con sus manos y hasta el abogado que lee artículos legales y leyes para conocer mejor su oficio: una carrera satisfactoria se construye con práctica constante y consciente.

En muchos oficios no habrá otra opción que hacer un trabajo duro, mientras que en otros el hacer un trabajo inteligente y estructurado será más provechoso que el complicarse la vida pensando que por sufrir se está trabajando bien. Sin embargo, sea cual sea la actividad particular, será trabajando que se conseguirán resultados (y no solo resultados: hacer bien una actividad y mejorar constantemente en ella genera un estado de flujo y de disfrute). Por el contrario, será difícil alcanzar un nivel de ejecución alto con la mentalidad de “no trabajar” que forma parte de esta generación, que se ha creído que la única forma de alcanzar genuina satisfacción es viviendo en el éxtasis de unas perpetuas vacaciones.

La práctica deliberada hace al maestro y detrás de los trabajos que todo el mundo quiere tener (músicos, futbolistas, etc.) hay horas, horas y más horas de práctica deliberada y montañas de esfuerzo invisible.

Debo confesar que coincido con Toni Nadal, ex-entrenador y tío del gran tenista español Rafael Nadal, cuando dice que a los niños hay que ponerles las cosas difíciles para educarlos bien, porque el carácter se forma en la dificultad. Algo tan básico y objetivamente cierto se considera polémico en una sociedad hipersensible que busca siempre los atajos y la comodidad de la gratificación instantánea.

Trabajar es sagrado, y si tienes la fortuna de elegir -que en este mundo desigual es un privilegio que pasamos por alto – mi consejo es el siguiente: “Elige un trabajo, pon el corazón en él y agradece que para crecer es preciso trabajar todos los días”.

El poder de la actitud

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Corría el año 1995 cuando Daniel Goleman, psicólogo y periodista estadounidense, publicó un libro que fue fruto de una larga y exhaustiva investigación, titulado “La Inteligencia Emocional“. Si bien todavía me encuentro inmerso en las páginas del mismo, como para andar sacando conclusiones generales, quiero compartir una historia contada por el autor en la introducción de dicho libro, la cual se me ha quedado grabada y creo que es porque ilustra el impacto que pueden tener pequeños detalles en la interacción con las demás personas.

La historia está traducida de la siguiente forma:

Era una tarde de agosto insoportablemente húmeda en la ciudad de Nueva York, el tipo de tarde húmeda que hace que la gente esté de mal humor. Yo regresaba al hotel y al subir al autobús que me llevaba a Madison Avenue me sorprendió oír que el conductor – un negro de mediana edad – me saludaba con un cordial “¡Hola! ¿Cómo le va?”, saludo que ofrecía a todo el que subía mientras el autobús se deslizaba entre el denso tránsito del centro de la ciudad. Todos los pasajeros estaban tan sorprendidos como yo y, atrapados en el clima taciturno favorecido por el día, pocos respondieron el saludo.

Pero mientras el autobús avanzaba lentamente calle arriba se produjo una transformación lenta, casi mágica. El conductor ofreció a los pasajeros un ágil monólogo, un animado comentario sobre los escenarios que se sucedían ante nosotros: había una liquidación increíble en esa tienda, una exposición maravillosa en ese museo, ¿alguien había oído hablar de la nueva película que acababan de poner en el cine de la otra manzana? El deleite que sentía ante las variadas posibilidades que brindaba la ciudad resultó contagioso. Cuando los pasajeros bajaban del autobús, lo hacían despojados del caparazón de mal humor con que habían subido; y cuando el conductor gritaba un “Hasta pronto, que tenga un buen día!”, cada uno respondía con una sonrisa.

El recuerdo de ese encuentro me acompañó durante casi veinte años (…)

Posteriormente, Goleman se refirió al conductor como un “pacificador urbano”, formidable por su capacidad para transformar la hosca irritabilidad que acumuluban sus pasajeros, y suavizar y abrir sus corazones.

Si el recuerdo de aquel buen hombre sigue acompañando a Goleman durante tantos años es porque está claro que fue una situación no habitual. El tipo de persona que contagia tal clase de positividad suele brillar por su ausencia, lo cual quizás signifique que la gran mayoría de nosotros asumimos la postura pasiva, esperando toparnos con brillantes seres humanos que nos contagien su buena actitud, en vez de decidir ser los sujetos activos de la historia, titánica tarea que empezará por sacarse el confort que representa jugar a ser la víctima de las pequeñas injusticias cotidianas y que nos otorga el hoy supremo derecho a quejarnos.

Conociendo a la perfección la dificultad de llevar las teorías más deseables a la práctica, estoy convencido de que la tarea es ardua; sin embargo, en una sociedad tan violenta y polarizada, el más grande acto de subversión será convertirse en un verdadero pacificador.

Finalmente, esta historia nos deja algo adicional que, personalmente, he podido corroborar en mi experiencia: creer que es necesario tener un trabajo que represente estatus, poder y mucho dinero para ser feliz es un triste mito. Ello no significa que tener un trabajo que incluya todas esas condiciones signifique la negación de la felicidad. Pero si se logra vivir una vida bien vivida no será a causa de las posiciones o posesiones. El chofer de esta historia es un ejemplo de ello, además de ser un gran ejemplo.

El mito del estatus

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Para una gran cantidad de gente, los cartones, el sueldo y el título que tienen es lo que les otorga su principal noción de identidad propia. Esta noción desde el inicio está condicionada por los demás, en cuanto uno se “diferencia” o cuan “mejor” es. Me permito desde el inicio aclarar algo: no creo que haya nada intrínsecamente malo en querer acumular conocimiento y, por ende, tener la intención de canjear el mismo por mejores condiciones laborales. Creo, por el contrario, que es algo positivo. Lo intrínsecamente negativo es creer que, para bien o para mal, el valor de una persona se basa en el estatus adquirido.

El mito del estatus emerge desde esa creencia tan absurda como arraigada, que presume que existe gente que vale más que otra por el trabajo que realiza, el sueldo que gana y/o el título que ostenta. Resulta paradójico que muchas personas que han gozado de una instrucción más alta que la del promedio, sustenten esta clase de creencia infundada; sin embargo, no representará ninguna sorpresa, entendiendo que mucho de lo que significa hoy la palabra “educación” hace referencia a la acumulación de conocimiento técnico especializado, sin necesariamente ninguna conexión con el pensamiento crítico y los valores que todos los seres humanos compartimos.

Quienes creen aquel mito, en muchos sentidos, ignoran (quizás involuntariamente) la desigualdad que existe y que afecta en gran medida las posibilidades de desarrollo de las personas. Pero más allá de eso, ignoran que todos los hombres y mujeres, sin importar la actividad particular a la que se dedican, tienen exactamente el mismo valor. Y si bien está claro que en el mercado en que nos desarrollamos existen trabajos mejor remunerados y mejores trabajadores que otros, al final del día el valor de los seres humanos será idéntico.

Desde una perspectiva basada en el carácter, es mucho más razonable pensar que el “cómo” se realiza determinado trabajo termina siendo más determinante y dice más sobre una persona que el puesto de trabajo que ésta tiene. Tanto en el trabajo del conocimiento, como en el artesanal se pueden encontrar personas humildes que trabajan íntegramente y de forma totalmente eficiente, así como gente que decide trabajar mediocremente; sin embargo, por muy triunfadora que sea determinada persona, jamás merecerá mayor respeto por dicha condición.

Por otra parte, la experiencia cotidiana también nos demostrará que el tener un “trabajo importante” no asegura nada en cuanto a la virtud: la honestidad y la integridad, valores que hoy en muchos sectores parecen brillar por su ausencia, se pueden encontrar en gente con un trabajo mucho más sencillo que el que tienen muchas personas cuyo grado académico es tan alto como su nivel de corrupción. El “trabajo importante” no es en sí mismo una virtud: dependerá de cómo se realice.

Finalmente, el “trabajo importante” no asegura la felicidad y esto no solo podemos verificarlo por nosotros mismos, sino que también ha sido resultado de muchos estudios que pueden ser replicables. La diferencia entre alguien que no puede pagar su comida y alguien que tiene cubiertas sus necesidades básicas puede ser determinante. Pero una vez cubiertas las necesidades básicas, la diferencia entre una persona satisfecha de clase media y un multimillonario puede ser inexistente. El “trabajo importante” no es en sí mismo la felicidad: dependerá de cómo se viva.

Trabajar mejorando un poco cada día y entender que todos merecen el mismo respeto posiblemente eleve el nivel de aquello que llaman felicidad. Eso sí, que el trabajo que tengamos no sea la fuente de lo que creemos de nosotros mismos, sino la expresión de lo que ya somos.

 

* Imagen de uso libre obtenida en www.pixabay.com

 

En busca del minimalismo laboral

El minimalismo es, según Joshua Becker, la promoción intencional de aquello que más valoramos y la eliminación de todo lo que nos distrae de ello. Su finalidad es descartar la acumulación de cosas innecesarias y de tiempo infructuoso para disfrutar de una vida satisfactoria y plena. A partir de ahí, cada quien deberá definir cómo desea vivir. Habrá gente que entienda el minimalismo como vivir con 10 prendas de vestir, otros sin ninguna clase de tecnología, mientras hay quienes no se auto-imponen tal clase de restricciones y diseñan su vida de forma distinta. Al final del día, se trata de ser intencional y consecuente.

El minimalismo laboral se puede servir de la definición antes mencionada para ser aplicado al entorno del trabajo. Si queremos simplificar nuestra vida y, por ende, nuestro trabajo, haciendo lo que debemos en menor tiempo y con mayor concentración, quizás resulte difícil dar los primeros pasos. Si hemos arrastrado durante mucho tiempo malos hábitos o hemos ido mayormente a la deriva, podríamos empezar sin cambios tan radicales y/o rígidos y, más bien, con algunas modificaciones pequeñas pero consistentes. En esa línea, me permito proponer un par de sugerencias:

  • No tener un escritorio saturado, en el que muchas cosas no tengan ningún propósito de ser. Para esto, quizás sea necesaria una limpieza general que tome un tiempo regular o limpiar durante unos minutos, dependiendo de nuestro nivel de desorden. Utilizar únicamente los últimos cinco minutos del día para ordenar nuestro sitio puede hacer grandes diferencias, pese a que suena a muy poco.
  • Planificar bloques pequeños de libre uso de tecnología y correo. Sin necesidad de ser rígido, darle un espacio programado y corto al ocio puede ayudar a agarrar picos de concentración continua sin distracciones. El teléfono móvil puede ser un aliado, pero muchas de esas aplicaciones que tomamos como inofensivas, están hechas para generar adicción.

El motivo por el que decido proponer estos cambios pequeños es, en primer lugar, porque las distracciones visuales pueden ser negativas: afectan la capacidad de concentración y la habilidad de procesar información. Además, en lo que a mí concierne, confieso que mi tiempo en la oficina o trabajando en la música se ha prolongado por fragmentar mi atención, gracias a las siempre urgentes y casi nunca necesarias distracciones virtuales, dejando de lado mis otros proyectos personales que son tan importantes para mí como el trabajo.

Pienso que estos dos pequeños cambios pueden favorecer el trabajo sin distracciones visuales, sea físicas o digitales, por lo que, al establecerlas, uno puede tener el camino un poco más libre para enfocarse en lo más importante que presenta el día. Además, puede favorecer, sin muchísimo esfuerzo, evitar aquello en lo que muchos hemos estado inmersos durante mucho tiempo: un escritorio abarrotado de cosas que no tenemos idea por qué están ahí y distracciones al minuto en el teléfono móvil. Estos principios también son totalmente aplicables al mundo de la música. Sin distracciones visuales y digitales, favorezco mi inmersión total en la música: sea para ensayar, componer o gestionar.

Creo fielmente que, como decía John Wooden, exitoso entrenador norteamericano de básquetbol universitario, “son los pequeños detalles los que son vitales. Las pequeñas cosas hacen que las cosas grandes sucedan“. La idea de los cambios es que sean pequeños, pero consistentes.

Repensar el trabajo

Siempre está latente la idílica posibilidad de dejarlo todo y empezar una nueva vida, siguiendo alguna pasión. Pero también está viva una posibilidad menos grandilocuente y pomposa, aunque quizás más eficiente y generadora de una satisfacción profunda en una forma más rápida: repensar lo que veníamos haciendo desde hace buen tiempo y encontrar mejores formas de hacerlo. Mirar con nuevos ojos el viejo oficio. Y si bien para algunos esto podría sonar a rendirse o sacrificar los sueños, trabajar sin ganas esperando encontrar el trabajo soñado para recién hacerlo bien, podría resultar siendo un camino torpe que la mediocridad cotidiana no hará más placentero.

Recuerdo mi experiencia previa a la universidad, cuando decidí trabajar de obrero durante unos meses en New Jersey, EE.UU. Me registré en una agencia con 17 años recién cumplidos y el primer trabajo al que me enviaron resultó ser una imprenta. En aquella imprenta estuve muy pocos días, por lo que no recuerdo ni el trabajo específico que me tocaba hacer, ni las circunstancias en que se dio esta conversación, pero un hombre me regaló el siguiente consejo: “haz lo que no te gusta al 100% y cuando hagas algo que te gusta lo disfrutarás mucho más”. Pese a lo trillado de la frase y mi cinismo de aquella época, lo que aquel hombre tiene algo de cierto.

Hoy, sin embargo, voy aún más allá de la frase y creo que el volverse competente en lo que uno hace, puede cambiar la visión de una actividad que parecía no ser tan agradable en una placentera. Quizás, a diferencia de lo que la sabiduría popular aconseja, lo que haga falta sea un cambio en la actitud, no en la búsqueda de un trabajo relacionado a una pasión pre-existente. Esto no quiere decir que uno no deba hacer planes para tener un mejor futuro y deba conformarse, únicamente significa que no podemos postergar la sensación de bienestar que representa el dar lo mejor que tenemos hoy. Eso es algo que, afortunadamente, podemos decidir cambiar inmediatamente, sin que signifique abandonar mejores proyectos.

Aquí empieza una bitácora que me permitirá dejar registro del cambio de perspectiva en mi mundo laboral (que involucra tanto mi carrera de abogado como la de cantautor), con la finalidad de que algún lector pueda beneficiarse con algunos de los contenidos compartidos. Unos posts tendrán citas de determinados estudios y otros tendrán únicamente la carga de mi propia experiencia. Me he visto inspirado a escribir esto gracias a algunos libros que descubrí en los últimos meses. En especial este, este y este. Los dos primeros son de Cal Newport, doctor en ciencias de la computación por el MIT y profesor de Georgetown, quien comparte constantemente propuestas para mejorar el enfoque de estudiantes y trabajadores del conocimiento en su increíble blog Study Hacks. El último libro es de Winifred Gallagher, divulgadora científica que escribió sobre la atención plena desde una perspectiva más amplia a causa de una enfermedad con la que tuvo que lidiar. La atención voluntaria es fundamental para cambiar de enfoque en el trabajo y mejorar tanto la producción como la satisfacción. De hoy en adelante, este blog será testimonio de un constante repensar el trabajo. Bienvenidos.