Simplicidad y acción

No hay dudas de que en un tiempo de hiper-conexión como aquel en el que vivimos, construir una vida simple resulta una tarea extremadamente complicada. “La simplicidad es un estado de la mente“, decía el pastor francés Charles Wagner en su magnífica obra “La vie simple“.  Pero más adelante advertía: “el espíritu de la simplicidad no es un regalo inherente, sino el resultado de una conquista laboriosa“.

Es increíble que Wagner considere su tiempo agitado, sobre todo porque escribió este libro en 1895. Si la simplicidad es un estado de la mente, la agitación también debe serlo y quizás ese haya sido el patrón común de la gente de su tiempo. La capacidad de complicar las cosas es un rasgo distintivo de nuestra especie y, más allá de los elementos propios de cada época, parece estar perpetuamente vigente.

Sin embargo, hoy quiero tocar un punto específico que diferencia nuestra época de todas las anteriores: la sobreabundancia de información. Las personas de hoy tenemos una tarea titánica, porque no solo estamos cómodos con nuestra adicción a las herramientas digitales, sino que justificamos su utilización compulsiva bajo el eufemismo de “mantenernos informados”. Si somos honestos, muy pocas personas realmente necesitan mirar su teléfono móvil cada 5 minutos.

Ahora, si el tiempo fuese infinito y no existiera la diferenciación entre lo importante y lo irrelevante, no tendrías motivo alguno para preocuparte. Sin embargo, mucha gente está insatisfecha porque cuando le dice que “sí” a la sobreabundancia de información, le está diciendo que “no” a algo más importante. Por eso, la simplicidad requiere tomar acción con relación a aquello que es más importante para ti y eliminar – o, en todo caso, dejar para la periferia del día – aquello que es divertido pero irrelevante.

También está la millonaria industria de la auto-ayuda y sus libros y artículos. Se utilizan los medios digitales para vendernos toda clase de consejos y uno ya no sabe diferenciar un libro potencialmente bueno de uno mediocre. Empiezo a creer que muchas de estas ideas consisten en convencer a la gente, a través de un marketing muy efectivo, que hay algo mal con ellas y que son ellos, los vendedores de las ideas, quienes tienen la solución.

Algunos libros buenos encajarían en ese género, por lo que no creo que toda la literatura de auto-ayuda sea inútil, pero sí cuestiono su efecto Diderot: siempre hay un siguiente libro que te va a cambiar la vida y uno siguiente y uno siguiente y uno siguiente. Muchos nos perdemos horas leyendo sobre ideas vinculadas al “cómo ser” o “cómo hacer”. La idea central del consumismo actual consiste en hacerte creer que te falta ese último “algo” que te hará feliz, y eso aplica tanto para cuestiones materiales, como ideas. Sin embargo, la verdad sigue siendo la misma de siempre: una acción, por más pequeña que sea, genera mayor impacto y satisfacción que el saturarse de información.

Una causa frecuente de falta de acción podría deberse a que la persona se ha auto-impuesto un síndrome que, gracias a la cantidad infinita de información, no es poco común en nuestra época: la parálisis por análisis. No es necesario encontrar el sistema perfecto para actuar. Como ya decía Charles Wagner en el año 1895: “el hombre que, para prepararse mejor para caminar, debería comenzar haciendo un examen anatómico rígido de sus medios de locomoción, correría el riesgo de dislocarse algo antes de dar un paso. ¡Tienes lo que necesitas para caminar. Entonces, adelante!“.

Lo mismo se aplica a la filosofía. No osaría jamás decir que el filosofar esté de más, porque creo en la necesidad de la filosofía y su aplicación práctica. Y muchos libros de filosofía son capaces de influenciar positivamente a una persona, empujándola a vivir una vida virtuosa. Pero uno podría llamarle “filosofar” al consumo pasivo de libros filosóficos. Y ciertamente uno no tiene derecho a justificar su inacción, argumentando que todavía no ha comprendido el sentido de la vida en el planeta. La filosofía y la vida demandan acción.

Hay que aceptar que, al menos en esta vida, no llegaremos a saber la razón de todo, ni conoceremos el sistema de productividad perfecto. Hay que abrazar la verdad que dice que no hay necesidad de comprar siempre el último libro. Tenemos lo que necesitamos para actuar hoy. Si hay algo por mejorar, que parta del reconocimiento del valor intrínseco que ya posees y no del sentimiento de perpetua insatisfacción que quieren enfatizar muchos vendedores. Actuar, reflexionar y confiar.

La trascendental relevancia del respeto al semáforo

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He elegido un título pretencioso para este post porque creo en la trascendental relevancia de los pequeños detalles. Usualmente solemos hablar de las grandes cosas: los grandes actos de corrupción, las grandes hazañas de los deportistas, las grandes ganancias de las empresas, etc. Pero siempre que veas a una persona grandiosa, vas a darte cuenta que está hecha de muchos pequeños detalles que, sumados, configuran una unidad extraordinaria.

En Lima, mi ciudad, es bastante usual pasarse la luz roja. Y esto se da tanto en peatones como en choferes y en avenidas grandes y concurridas como en calles pequeñas. Casi nadie habla de esto porque son los grandes actos de corrupción e impunidad lo que mayormente interesa. Sin embargo, pareciera que olvidamos que pasarse una luz roja es un acto de corrupción y el no recibir la consecuente multa es un acto de impunidad.

Gracias a las redes sociales, hoy es mucho más fácil sentarse en el cómodo asiento del crítico y condenar a esos grandes corruptos (que sí, destripan los países a su antojo) y omitir aquellos pequeños actos de corrupción que nos tienen a nosotros por protagonistas. ¿Acaso es igual robarle al Estado que pasarse una luz roja?, nos preguntamos. Y así, terminamos por descartar nuestra corrupción por lo minúscula que es.

Pero como no se puede ser genuinamente feliz y cínico, al mismo tiempo, una mejor opción sería tomar mayor responsabilidad de las propias acciones y cambiar esas conductas, para así ser consecuentes al ejercer una crítica y no aplicar un estándar al resto que nosotros mismos somos incapaces de respetar. En esa línea, propongo tres argumentos a favor del respeto al semáforo:

 

1.- La mentalidad del apurado

Lima no es una ciudad dinámica, sino nerviosa. No es efectiva y sí apurada. Todo el mundo corre, aunque no sepa hacia donde. En cada semáforo hay 2 o 3 autos que se pasan la luz roja. ¿Donde van tan apurados? Posiblemente ni ellos saben. Es sencillamente la cultura. Pero cuando te pasas la luz roja estás diciéndole a tu cerebro que ese ritmo impuesto por los apurados es el ritmo en el que hay que vivir, perdiendo el control sobre tus propias acciones.

La alternativa es disfrutar y aprovechar tu día, sabiendo que hacer las cosas bien no solo es más satisfactorio, sino que resulta más rentable que vivir en el perpetuo apuro. La persona dinámica y coherente no necesita vivir apurada porque ha aprendido a dar su fruto en su tiempo. Felizmente, no se nace “apurado”, ni “dinámico”: se puede cambiar poco a poco.

2.- No es ético

Como dijimos previamente, estamos acostumbrados a conocer sobre los grandes actos de corrupción de políticos de todas las ideologías. Esto es algo endémico y debería cuestionarse siempre. Pero eso no quiere decir que tengamos carta libre para pasar por alto nuestras propias acciones y no asumir nuestra responsabilidad. Una persona libre es una persona totalmente responsable de sus actos. La mentalidad de víctima conlleva a la parálisis en la que mucha gente se ve a sí misma hoy: quejas y más quejas de todo lo mal que hacen los otros y, al mismo tiempo, incapacidad para confrontar el espejo.

Pero además no solo no se respeta la propia ética presuntamente “anti-corrupción”, sino que se rompen las leyes de la lógica: si lo que nos molesta es la corrupción, el acto de pasarse la luz roja debería molestarnos. Pero no: pareciera que lo único que nos molesta es la magnitud. Esto genera la ilógica idea de que “mi corrupción no es tan grande como tuya”. Pero, ¿corrupción es corrupción, no? El no recibir multa tiene un nombre de moda: impunidad.

3.- Convivencia ciudadana

Como seres sociales necesitamos vivir conjuntamente y habrá mayor satisfacción si es de manera respetuosa. Además, algo nos ha enseñado esta pandemia: la magnitud en la que estamos interconectados. Cuando te pasas la luz roja frecuentemente, te estás poniendo a ti mismo por encima del resto de los otros ciudadanos. Y esto no resulta beneficioso para nadie: incontables ejemplos históricos hay de que vivir para uno mismo es programarse para la infelicidad. Anhelamos la conexión y el servir nos hace más que bien.

Respetar el semáforo lanza un mensaje importante a los demás: estoy dispuesto a ser un buen ciudadano y mis acciones están destinadas a que nuestra convivencia sea armoniosa. Hay una conquista en este punto: si el estándar es el egoísmo, una persona que respeta la convivencia demuestra ser más fuerte que la cultura automática que se gesta a su alrededor. Son esta clase de personas las que inspiran y promueven el cambio. Y más allá de cualquier resultado, el respetuoso obtiene su satisfacción de la acción en sí misma. La gratificación de hacer lo correcto incluso cuando nadie esté viendo.

 

Ojalá podamos mejorar nuestra convivencia, que depende tanto de los grandes e importantes actos, como de los pequeños detalles. Y que sean nuestras acciones las que evidencien nuestro compromiso con los valores que decimos profesar y no solo nuestros discursos en redes sociales.

Minimalismo digital y la paradoja de la cuarentena

Hasta hoy mi entrada más visitada es la de “Minimalismo Digital“. Esto no resulta ser una mera casualidad, sino que responde a una tendencia que cada vez se va haciendo más evidente: la forma en la que nos relacionamos con la tecnología nos abruma. Y al igual que sucede con los fumadores que, al sentirse culpables por haber fumado, fuman para aliviar la culpa, el haber pasado mucho tiempo en estas plataformas solo genera una suerte de culpa que incrementa el tiempo utilizado desperdiciado en esas plataformas.

Un tragamonedas en tu bolsillo

Los teléfonos móviles son un tragamonedas en tu bolsillo y hoy todos los especialistas en tecnología lo saben bien. No es que los mecanismos sean “parecidos” o “inspirados en”. No. El mecanismo es exactamente el mismo y fue diseñado así a propósito. Tristan Harris lo explica mejor que yo:

 

La paradoja de la cuarentena

Antes del encierro obligatorio causado por el coronavirus, muchos éramos conscientes que los estímulos digitales estaban afectando no solo nuestra concentración en el trabajo, sino que ya lo estaban invadiendo todo, eliminando de paso aquella experiencia que todas las generaciones previas vivieron y que es tan necesaria para la condición humana: el aburrimiento. Porque hay que ser sinceros: nadie habría gritado “Eureka“, de no haber sido por el aburrimiento.

Pero a raíz del aislamiento obligatorio se nos aconsejó que volcáramos toda nuestra atención al campo digital. Y esto tiene un sentido positivo: nos daba la posibilidad de conectarnos con las personas que queremos y, de ese modo, aliviar un poco la distancia. Pero la idea de volverse totalmente digital, promovida por gente que, pese a la evidencia, cree que no somos persuadibles, terminó teniendo las consecuencias que los especialistas esperaban: la adicción a las plataformas “sociales” se incrementó y bajo la justificación de “estar conectado”, gran cantidad de noticias basura y negatividad fue esparcida.

¿Y cual era la alternativa correcta? ¿Abandonar y no conectarte con tu familia y amigos? No nos engañemos. Nadie razonable propondría eso. Una cosa es hacer unas llamadas con gente que uno quiere y otra pasarse 7 horas diarias en redes sociales. Hay gente que no tiene problemas en perder el día viviendo en un túnel digital. Pero muchas personas sí sentimos que estábamos desperdiciando el tiempo, al consumir el equivalente a la comida chatarra para la mente. Algunos días yo fui uno de ellos.

Más allá del total ascetismo digital que, como atestigua la idea de escribir este blog, no propongo, es peligroso caer en el negacionismo y creer que estamos en control todo el tiempo. Como bien ha señalado reiteradamente Tristan Harris, una de las primeras cosas que tenemos que reconocer es que estas plataformas invierten demasiado dinero en técnicas persuasivas para ganar la carrera por nuestra atención.

Adiós, perfeccionismo

No conozco la historia de todo el mundo, pero puedo decir esto en mi nombre: el perfeccionismo no es una condición mental que, una vez superada, te abandona para siempre. Es más incisivo y sutil de lo que uno puede imaginarse. A veces he dicho: “adiós, perfeccionismo” y he creado una obra de la cual me he sentido orgulloso. Porque es cierto que, una vez se abandona la idea estúpida de perfección, las puertas de la creatividad se abren y uno es libre de trabajar profundamente y pulir los detalles.

Pero también puede pasar que al día siguiente, el perfeccionismo aparezca nuevamente y utilice la obra que hiciste el día anterior para decirte que ahora tienes que mantener determinado estándar. Es muchas veces en este punto en que uno opta por la inactividad. Y es entendible: no hay nada más aterrador que comenzar una obra inmediatamente después de haber terminado una que puede considerarse buena. Entonces, ¿qué puedes hacer si el perfeccionismo interrumpe tu proceso creativo?

Creo que hay que empezar entendiendo que estás aquí para aprender. Toda tu vida. Así que juzgarse a uno mismo por ceder al perfeccionismo es una tontería. Más bien, acepta con gracia esa parte de ti, sin ceder a su demanda. Quizás algún día se vaya del todo, pero, si eres como yo, es un hecho que al comienzo el perfeccionismo volverá a visitarte. Es agotador y absurdo pelearse con él. Mejor es aceptarlo y convertir en un hábito diario el mirarlo a la cara y decirle, con una sonrisa, “adiós, perfeccionismo”.

Finalmente, no le dices adiós a la perfección porque quieras crear una obra mediocre o no te importe la calidad de la misma. Al contrario, le dices adiós porque para crear una obra verdaderamente humana es necesario soltar las cargas y presiones imaginarias. Como dije, es probable que algún día el perfeccionismo se vaya del todo. Lo importante es que ya estás plenamente consciente de la forma en que opera. Ahora eres libre para crear una obra verdaderamente humana.

Meditación e Instagram

A inicios del mes de mayo del presente año me había propuesto dos experimentos, uno de hábito (el ritual matutino) y uno de aprendizaje (gestión de redes sociales para proyecto musical). Voy a hacer un resumen de cada uno de ellos.

Experimento de hábito: el ritual matutino

Desde el lunes 16 de marzo de 2020, fecha en que inició el aislamiento social obligatorio a raíz de la pandemia, mis mañanas fueron fluyendo de acuerdo a cómo me levantara ese día. Esto no necesariamente está mal, porque muchas de esas mañanas fueron creativas y productivas. Sin embargo, quería probar el implementar una rutina consistente.

Por ello, a partir de mayo empecé a experimentar con un ritual matutino. La idea inicial era meditar, orar y leer proverbios. Es así que empecé a meditar con la prueba gratuita de la aplicación “Headspace”. Hice una ronda completa de 10 meditaciones de 3 minutos por día y luego hice una ronda de 10 meditaciones de 5 minutos por día. Luego probé la versión gratuita de la aplicación “Calm” y también descargué la aplicación “Waking Up App” de Sam Harris. Estaba por decidir a cual suscribirme.

No obstante, tuve la suerte de toparme con el inicio del libro “Biografía del Silencio” del sacerdote español Pablo D’ors: “Comencé a sentarme a meditar en silencio y quietud por mi cuenta y riesgo, sin nadie que me diera algunas nociones básicas o que me acompañara en el proceso (…)”. En ese momento decidí que no era necesario gastar entre 70 y 100 dólares al año por suscribirse a la versión “premium” de alguna aplicación de una empresa millonaria. Sentarte en una postura cómoda y enfocarse por unos minutos en la respiración es suficiente. Y eso es lo que vengo haciendo con regularidad.

Entiendo el cliché que significa el meditar en este tiempo y también estoy seguro que no es una solución universal, ni un reemplazo barato cuando lo que existe es necesidad de psicoterapia. Las distorsiones cognitivas no se combaten con meditación. Y si bien el “mindfulness” y todo el negocio que existe alrededor me suena a McMindfulness, quise hacer el experimento para tener una perspectiva personal. Porque la evidencia del aumento de la capacidad de concentración y tranquilidad en muchas personas a partir de la meditación me llamó la atención. Mi intención principal es aumentar mi capacidad de concentración, lo cual no solo mejora el tiempo y la calidad de lo que soy capaz de producir, sino que constituye un estado gratificante en sí mismo.

Después de eso, suelo hacer una oración y leo algunos versículos bíblicos. Trato de leer aquellos textos que son fuente de amor y sabiduría universal. Esto es algo que puedo encontrar también en libros seculares. Mi ritual matutino, que inicialmente estaba conformado por la meditación, la oración y la lectura, se ha ido expandiendo y los últimos días se ve de la siguiente forma:

  1. Tender la cama inmediatamente después de levantarme.
  2. Lavarme la cara y tomar agua con limón.
  3. Meditar.
  4. Orar.
  5. Leer algunos pasajes de la Biblia.
  6. Desayunar
  7. Escribir diario.

Luego de eso, a trabajar.

Experimento de aprendizaje: gestión de redes sociales para proyecto musical

Como músico me gustaría poder servir a más gente a través de mi música. Sería un sueño tener una audiencia que abarrote un teatro y estar ahí con mi banda compartiendo mis canciones. Los especialistas repiten hasta el hartazgo que para que eso sea posible es necesario posicionarse en redes sociales. Y dando el beneficio de la duda a esos consejos, decidí seguir un curso diseñado para posicionar marcas específicamente en Instagram.

Algunas cosas me van a servir: tener pilares comunicacionales, guardar una consistencia entre los posts y tener un mensaje honesto, pulido y claro. Pero aquí vienen los peros: me parece de locos la necesidad de postear todos los días. La instructora del curso, una especialista en marketing, dice que cuando no eres conocido tienes que postear dos veces al día y, como mínimo, compartir tres “historias”. Ello básicamente requiere vivir para Instagram y esto es algo que, al menos por ahora, no tengo ninguna intención de hacer.

Me parece que muchos artistas han desplazado del centro de sus actividades el trabajo en su arte, que siempre será lo más relevante, y han convertido a las plataformas como Instagram en un fin en sí mismo, cuando solo son un medio. Hoy el objetivo de muchos parece ser tener 3 millones de seguidores y vivir pegados a su teléfono. El objetivo principal de un músico debería ser escribir un disco increíble o una canción inolvidable y preparar conciertos que hagan sentir a las personas.

Y, si quiere vivir de los frutos de su arte, también aprender la mejor forma de vender lo que hace, por supuesto. Pero hacerlo con sensatez. Porque casi nadie averigua sinceramente sobre qué forma de marketing sería más relevante para que la música tenga impacto. No hay mucha evidencia que indique que la cantidad de seguidores impacte en el número de personas que va a los conciertos. Muchos artistas tienen miles de seguidores, postean todos los días y reciben muchos likes, pero no pueden llenar un teatro. Entonces, si alguien dice que necesita usar Instagram todo el día porque está “vendiendo” sú música es una justificación barata para vivir constantemente distraído y en búsqueda de likes.

El uso masivo de las redes sociales hoy en día no es sensato. Quien quiere ser una celebridad a cualquier costo no tendrá problemas en vivir su vida pegado a una pantalla de colores utilizando una aplicación diseñada para ser adictiva. Al final del día lo que posiblemente impulse a esta persona es la necesidad de validación. Por experiencia propia sé que esto es lo que busca producir la aplicación. Cada vez es más difícil para aquellos artistas que consideran el arte como un fin en sí mismo no utilizar estas plataformas compulsivamente.

Después de llevar el curso mencionado y utilizar constantemente la plataforma durante el mes pasado llegué a la conclusión de que no quiero utilizarla en junio ni un solo minuto. Esta cuestión es estratégica: estoy componiendo un nuevo disco y no quiero ser influenciado por lo “trendy”, que no me interesa. Pero, sinceramente, también me resulta un alivio no estar expuesto a esa cantidad de estímulos irrelevantes. Voy solo dos días y ya me siento más tranquilo. No creo que estemos hecho para andar documentando todo lo que hacemos. Y no está de más decir que los likes matan la creatividad.

Tener millones de seguidores no tiene nada de malo y muchos músicos los tienen. Pero su propósito siempre estará basado en la música. Quizás en julio vuelva a utilizar esta aplicación pero tendré un plan sensato. Espero llenar un teatro algún día, pero espero  conseguirlo sin la necesidad de ser un adicto a apretar botones de forma irracional en su teléfono móvil.

Siempre se puede regresar al camino

La excesiva búsqueda de perfeccionismo suele jugar una mala pasada a incontables personas. Y entonces, si en determinado momento hay un desliz pequeño en el día, uno se siente totalmente fuera de camino. En mi caso, cuando esto pasa, la primera idea que surge está basada en el “todo o nada”. Como ya estuve 2 horas atrapado por la seducción de las redes sociales, el día está perdido. Como ya comí de más hoy, la moderación se pierde durante el resto del día. Las consecuencias absurdas de la culpa son el pasar 5 horas más en las redes sociales y comer 4500 calorías ese día.

Cualquier aproximación puramente intelectual queda corta en esos momentos de desenfreno. Los malos hábitos son fuertes, pero más fuerte es la necesidad estúpida de auto-juzgarse. Porque en el minuto que pierdes tiempo reprochándote el haber perdido el tiempo estás, paradójicamente, perdiendo el tiempo. Es un círculo vicioso y una manera tonta de refutarse a sí mismo. Si “perdiste” el tiempo pasado y en este momento te das cuenta de ello pueden suceder dos cosas maravillosas: 1) aprovechas este momento de la forma en que lo amerita. 2) el tiempo perdido no fue perdido porque aprendiste.

Entonces, siempre está la posibilidad de utilizar lo negativo a nuestro favor. La cuestión es reconocer que cada momento se presenta como una oportunidad para decidir. Así se empiece perdiendo el partido, siempre se podrá dar vuelta al resultado.

El minimalismo digital como filosofía

Si estás en búsqueda de mejorar su dieta digital y sabes inglés, te propongo ver el vídeo de esta conversación completa entre Cal Newport y Rich Roll. Es un intercambio bastante interesante entre dos personas inteligentes y puede servir de incentivo para leer el  último libro de Newport: “Digital Minimalism: Choosing a Focused Life in a Noisy World” y, sobre todo, tomar acción para mejorar aquellos hábitos vinculados al uso de la tecnología.

El “Minimalismo Digital”, tema sobre el cual gira la discusión, es una filosofía propuesta por el Dr. Cal Newport – profesor de ciencias de la computación en Georgetown y escritor de 6 libros exitosos – en la que se establece qué herramientas digitales son las que añaden valor a tu vida, de acuerdo a lo que consideras esencial. El minimalista digital se caracteriza por poner su tiempo y atención al servicio de sus intereses más profundos y por eso, no sólo le basta con definir qué herramientas utiliza, sino además cómo, cuando y por cuanto tiempo las va a utilizar, porque entiende que muchas de estas herramientas están diseñadas para ser adictivas. Asimismo, el minimalista digital no tiene reparos en eliminar todas aquellas herramientas que brindan un valor de muy baja calidad.

La idea del minimalista digital es que las herramientas digitales no constituyan una distracción o escape, sino que apoyen el ejercicio de vivir una vida llena de sentido y satisfacción, que es algo que los humanos anhelamos. Quizás no sea la respuesta perfecta, pero es una muy buena opción personal ante la inversión billonaria de empresas tecnológicas que pugnan por monopolizar nuestra atención, volviéndonos cada vez más distraídos.

Aquí va:

La fama, el placer y la propia actividad

1.- Ser aplaudido por miles, verse a sí mismo en los canales de televisión, ser la portada del periódico más leído de la ciudad. Ser reconocido en la calle, independientemente de la actividad que se realice.

La fama no es mala en sí misma, porque puede ser la consecuencia de un trabajo bien hecho. Sin embargo, muchas personas tienden a ver la actividad que realizan únicamente como un medio para alcanzar el elogio y el reconocimiento. Cuando la fama se convierte en un fin en sí mismo, dejando de importar los medios con los cuales se alcanza, ésta se constituye como una búsqueda superficial de validación.

Y ha generado que miles de personajes cuyo único mérito es tener un teléfono con conexión a internet se conviertan en los “influencers” de una generación que llama “diversión” a su adicción a pasarse varias horas diarias mirando una pantalla de colores.

2.- Vivir una vida hedonista, marcada por la continua satisfacción del antojo, sea cual sea. Vivir para los sentidos: ponerlos de amos y actuar como sirvientes leales en la perpetua búsqueda de estímulos.

La búsqueda de placer es absolutamente normal en el ser humano. Pero quienes hemos caído alguna vez en la búsqueda desenfrenada de alguna forma de placer sabemos que esta es una forma dañina de vivir. El placer es parte importante de la experiencia humana, pero es importante darle el lugar apropiado: es un buen sirviente, pero un pésimo amo.

3.- Vivir una vida enfocada en la propia actividad. En la mejora continua. En el aprendizaje. En la concentración. En la voluntad. En la disciplina y el sacrificio. Esta es una forma virtuosa de vivir.

Dejar de estar sometido a las presiones del día, a los estímulos inacabables que ofrece la tecnología de hoy. Sobre todo dejar de engañarse llamando “libertad” a nuestra actividad compulsiva y reconocer que mucho de lo que hacemos en línea cae en patrones adictivos. Escribo esto principalmente por mi propia experiencia. No niego que es divertido pasar un rato en alguna red social. Sin embargo, 7 horas al día es preocupante. Y a mí me ha pasado.

Pasar un tiempo con los propios pensamientos, sin esos estímulos que hoy lo invaden todo. Decidir poner la atención en algo productivo. Construir poco a poco el camino. Experimentar y aprender. Servir a los demás. Esta es una forma virtuosa de vivir, desde tiempos inmemoriales.

Y digo esto último, porque este post ha sido escrito en base a una frase que fue escrita hace muchísimos años. Y está dividido en tres puntos por la estructura de la misma. La frase a la que hago alusión la saqué de las “Meditaciones” de Marco Aurelio (121 d.C. – 180 d.C.), el sabio emperador/filósofo:

El que ama la fama considera bien propio la actividad ajena; el que ama el placer, su propia afección; el hombre inteligente, en cambio, su propia actividad.

Marco Aurelio

El hombre inteligente podría llegar a ser famoso. Pero no viviría ni para la fama ni para las oportunidades de placer que trae la misma. Sino que siempre volverá, con renovado entusiasmo, a enfocarse en su propia actividad.

#Libros – marzo 2020

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Sé que resulta un poco tarde postear esto, pero los meses que pasaron fueron de adaptarse al trabajo remoto, implementar nuevos hábitos, disfrutar de pequeñas cosas en casa y crear música. Además, se me dio por avanzar varios libros al mismo tiempo. Pero por otro lado, hay un sentido en postear un resumen de los libros que ya leí hace un tiempo: me fuerza a rebuscar en mi memoria el contenido de lo aprendido. Aunque, claro está, los mejores efectos de un libro no están en la memoria, sino en la acción.

Comparto los que he terminado en el mes de marzo de este año:

  • Deep Work: Rules for Focused Success in a Distracted World” de Cal Newport.

Traducido al castellano como “Enfócate” por la Editorial Paidós, este libro es casi de cabecera: desde 2018 es tercera vez que lo leo, a un ritmo de una vez por año. Newport es también autor del libro “Digital Minimalism”, sobre el que he escrito también y del blog “Study Hacks“, del cual soy lector habitual.

Evidentemente, no concuerdo con todas las ideas de Newport pero sí puedo rescatar la utilidad práctica de muchas de ellas. En este libro, el autor presenta un argumento a favor del “trabajo profundo”, el cual define como “actividades profesionales que se llevan a cabo en un estado de concentración desprovisto de distracciones, de tal manera que las capacidades cognitivas llegan a su límite máximo. Este esfuerzo crea valor, mejora las habilidades y no es fácil de replicar“.

La capacidad de concentración que favorece el trabajo profundo es cada vez más escasa en este estado de distracción constante en que vivimos, en el que se confunde el estar ocupado con ser productivo. Y en el trabajo del conocimiento, el trabajo profundo resulta cada vez más valioso. Newport no solo presenta argumentos filosóficos, neurológicos y psicológicos a favor del trabajo profundo, sino que también propone diversas acciones que pueden favorecer la mejora en la habilidad de hacer “trabajo profundo”.

Porque también deja en claro que el “trabajo profundo” es una habilidad y no un hábito. No es algo que solo hay que decidir hacer y luego haremos sin problema. Tenemos la capacidad de hacerlo pero es una destreza; por tanto, requiere de un entrenamiento que permita re-cablear nuestro distraído cerebro. El aprender poco a poco a trabajar profundamente hasta convertir nuestra atención en un rayo “láser”, no solo nos dará ventajas competitivas en este mar de distracción, sino que será, en sí mismo, gratificante.

  • Free to Focus: A Total Productivity System to Achieve More by Doing Less” de Michael Hyatt.

Es un libro que tiene algunas cosas interesantes, pero propone un sistema que no voy a utilizar. De todos modos, las ideas buenas hay que tomarlas de donde provengan.

El libro se divide en tres partes: parar, cortar y actuar. La primera parte, relacionada al acto de “parar”, tiene que ver con detenerse a formular una visión clara y construir en base a dicha visión. Luego, la idea de cortar está relacionada a eliminar lo innecesario, automatizar (generar hábitos) y aprender a delegar. Y finalmente, la idea de actuar tiene que ver con planear una semana ideal, en la que se dispone de espacios para trabajar sin distracción y a partir de ahí planificar cada día según sus tres tareas más importantes.

El esquema que utiliza Hyatt tiene 4 “zonas” para distintos tipos de actividades:

Zona de trabajo pesado: actividades por las que no se siente ninguna pasión ni tampoco se tiene la competencia necesaria.

Zona de desinterés: actividades que se realizan de forma competente pero no generan satisfacción.

Zona de distracción: actividades que generan satisfacción pero para las cuales no se tiene competencia.

Zona de deseo: actividades que generan satisfacción y para las que se tiene competencia.

Hyatt propone implementar un calendario que permita permanecer la mayor parte del tiempo que se trabaja en la zona de deseo. Asimismo, algunas actividades de la zona de distracción pueden entrar temporalmente a una quinta zona: “la zona de desarrollo”. Ahí es donde se va a desarrollar la competencia necesaria para que pase a formar parte de la “zona de deseo”.

¿Por qué no usaré este sistema? Principalmente, porque ni históricamente ni en este preciso momento he sido de tener una visión de largo plazo. Hay quienes dicen que si no tienes una visión, aterrizas en cualquier parte. Y es cierto. El tema es que he visto a personas sin visión de largo aliento aterrizando en mejores lugares que la gente que tenía una visión fija. Pero en definitiva, no creo en reglas universales de esta clase. Está claro que a mucha gente esa perspectiva le funciona.

Sin embargo, la idea de “planificar e implementar” a largo plazo contradice mucha de mi experiencia práctica, en la que los resultados más gratificantes vinieron primero de la acción y luego de la reflexión posterior. La idea de que sabremos todo a partir de la reflexión o la introspección pierde de vista un detalle importante: la pasión se desarrolla en la práctica, no como idea abstracta.

En ese sentido, si tengo alguna visión a largo plazo – además de seguir creando música que es algo que no puedo no hacer – es la siguiente: el entusiasmo, la curiosidad, la gratitud, la inclinación a servir y la pasión por superar las dificultades auto-impuestas que provienen del aprender tienen que estar. Quizás me vuelva carpintero y termine construyendo mi propia guitarra o me vuelva programador y desarrolle una app. Quizás ambas. El detalle de la actividad es lo que menos me interesa.

El libro “Range: Why Generalists Triumph in a Specialized World” de David Epstein me hizo identificarme y resonó totalmente conmigo. Gracias a él, pude obtener evidencia de que una visión a largo plazo no es crucial al momento de construir una vida y una carrera satisfactorias. Y que cada quien va a su propio ritmo. En esa línea, soy más afín al trabajo de Epstein, Herminia Ibarra y Oliver Burkeman que al de Hyatt.

No obstante, rescato algunos puntos del libro relacionados a la eliminación de las distracciones y la automatización de ciertas actividades para no gastar calorías decidiendo si se tienen que hacer o no. Hyatt también cita el libro de Cal Newport que he comentado en este mismo post, reforzando la importancia del “trabajo profundo”.

 

La vieja y confiable técnica Pomodoro

Quizás su éxito radica en que al cerebro no le parece tan amenazante la idea de pasar solo 25 minutos enfocado en una misma cosa. De esa manera, la titánica tarea de construir algo tan complejo como un informe o tan extenso como una tesis se reduce a lo que puedes hacer concentrado plenamente en estos 25 minutos. La técnica consiste en trabajar en intervalos sin interrupciones de 25 minutos por 5 de descanso. Y luego de 4 pomodoros, tomarse un descanso largo de 20 minutos. Es preciso mencionar lo siguiente: si trabajas mirando una pantalla, el descanso de 5 minutos funciona mucho mejor haciendo algo distinto que mirar otra pantalla. Caminar, estirar o incluso leer el extracto de una novela son buenas opciones.

Este conocido método de productividad fue creado por Francesco Cirillo, el cual utilizó herramientas tan sencillas como papel, lápiz y un reloj temporizador mecánico (en realidad, la técnica Pomodoro se llama así por la forma de tomate del clásico reloj de cocina que utilizó Cirillo). En la página de Wikipedia de la técnica se dice lo siguiente: (…) “en su visión, el acto de girar el dial del reloj confirma físicamente la determinación del usuario para comenzar y los sonidos del tic-tac o el timbre final tienen que ver con el comportamiento condicionado que se va desarrollando en su relación con el tiempo”.

En este tiempo hay infinidad de aplicaciones y páginas web que ayudan a sostener la práctica. Quizás la determinación del usuario no sea tan físicamente obvia como cuando se gira el dial del reloj de cocina, pero apretar el botón de una página web o app y estar consciente de que el tiempo está corriendo también puede darle la señal al cerebro de que es momento de trabajar. En mi caso, vengo utilizando la página web http://www.pomodoro-tracker.com desde hace dos meses con bastante éxito.

Hay momentos, sin embargo, en los que el nivel de concentración es tan alto que lo que conviene es seguir trabajando y no tomarse los 5 minutos de descanso. En ese caso, una buena opción es saltarse el descanso y apretar el botón para continuar inmediatamente con un nuevo pomodoro o sencillamente olvidarse de los pomodoros y dejarse absorber por el trabajo profundo. Cumplir con los pomodoros no es un fin en sí mismo, sino una herramienta que utilizamos para realizar aquello que hemos decidido que es importante.

Al inicio no me propuse sostener esta técnica como la definitiva, sino que partió de un experimento para ver si me funcionaba. Jugué con la técnica unos días, que se fueron volviendo semanas y que ya son meses. Me parece que una de las claves del éxito de la técnica está en la extensión del tiempo: 25 minutos no asustan al cerebro. Poco a poco la destreza de hacer trabajo profundo puede hacer que el tiempo se extienda. O que la capacidad de concentración mejore tanto que permita hacer mucho más en esos 25 minutos. Lo cierto es que es una cantidad de tiempo razonable.

Para poner a prueba la técnica, entré a la página web que mencioné anteriormente y luego de un click supe que era momento de ponerme a trabajar en este post. Y le agradezco a la técnica, porque por 25 minutos seguidos he logrado iniciar y terminar este post. Me salté los 5 minutos de descanso para editarlo y postearlo. Y como podrán darse cuenta, si bien este post no es el mejor texto del mundo, es mejor haberlo escrito a no haber escrito nada. Ese es el poder de la técnica.